Cuando Paco picó a mi puerta de madrugada hacía ya un buen rato que las sábanas se me habían pegado. Al salir de la habitación él ya estaba preparado para el gran viaje: su hatillo en una mano y una gallina en la otra. Yo por mi parte iba pertrechado con mis dos maletas y mi mochila. De repente, Paco se puso algo filosófico y me dijo algo que le había oído decir una vez, me explicó, a un Macaco de ciudad:
Me sabía perseguido. Acelerando el paso intentaba despistar a ese aliento que ya sentía en mi pescuezo. Cuando decidí girarme, decidido a enfrentarlas y arriesgándome con ello a sufrir una de aquellas casualidades en la vida que cambian tu destino para siempre.
Hoy no vamos a hablar sobre niños desnutridos, hambrunas o fracaso de los cultivos; ni siquiera hablaremos de violación de los Derechos Humanos, de Desarrollo o de Ayuda Humanitaria. No hablaremos sobre eso que tanto nos gusta explicar a nosotros, los vividores de la coo-peración y que tanto os gusta a escuchar a vosotros, vividores de la deses-peración y el stress urbanita.
Olores a fruta fresca despiertan de nuevo el sentido aletargado durante algún tiempo. Los olores metálicos acantonados en mi cabeza pierden la batalla frente a la avalancha de una brisa que los arrolla y que penetra limpiándolo todo, purificando el cuerpo y el alma.
M. Yourcenar escribe: I de sobte,
com un llamp,
una imatge,
una olor,
un no res recorre el meu cos,
procurant-me una felicitat absoluta mai coneguda,
durant un instant.
És el mal d’Africa
Miquel Barceló
Segu, Mali
6.XI.94

