El anuncio del fallecimiento de Lévi-Strauss conmociona a Francia
Dedicó toda su vida a explicar y a explicarse el mundo desde la antropología. Y con sus obras lúcidas y sensibles iluminó la Francia de la segunda mitad del siglo XX. Hasta que la madrugada del domingo pasado el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, pensador clave del siglo XX, falleció, cuando estaba a punto de cumplir 101 años. Su muerte se hizo pública ayer, y causó una enorme conmoción en Francia, después de que se celebrasen sus exequias en Lingerolles, en la Costa de Oro.
Muere Claude Levi-Strauss a los 100 años. Una entrevista de 2005. Con ocasión del fallecimiento del gran antropólogo francés, rescatamos esta entrevista de marzo de 2005. Seguir leyendo la entrevista en Rebelión
Aí está ele, o mar, a mais ininteligível das existências não humanas. E aqui está a mulher, de pé na praia, o mais ininteligível dos seres vivos. Como o ser humano fez um dia uma pergunta sobre si mesmo, tornou-se o mais ininteligível dos seres vivos. Ela e o mar.
Só poderia haver um encontro de seus mistérios se um se entregasse ao outro: a entrega de dois mundos incognoscíveis feita com a confiança com que se entregariam duas compreensões.
Ela olha o mar, é o que pode fazer. Ele só lhe é delimitado pela linha do horizonte, isto é, pela sua incapacidade humana de ver a curvatura da terra. São seis horas da manhã. Só um cão livre hesita na praia, um cão negro. Por que é que um cão é tão livre? Porque ele é o mistério vivo que não se indaga. A mulher hesita porque vai entrar.
Seu corpo se consola com sua própria exigüidade em relação à vastidão do mar porque é a exigüidade do corpo que o permite manter-se quente e é essa exigüidade que a torna pobre e livre gente, com sua parte de liberdade de cão nas areias. Esse corpo entrará no ilimitado frio que sem raiva ruge no silêncio das seis horas. A mulher não está sabendo: mas está cumprindo uma coragem. Com a praia vazia nessa hora da manhã, ela não tem o exemplo de outros humanos que transformam a entrada no mar em simples jogo leviano de viver. Ela está sozinha. O mar salgado não é sozinho porque é salgado e grande, e isso é uma realização. Nessa hora ela se conhece menos ainda do que conhece o mar. Sua coragem é a de, não se conhecendo, no entanto prosseguir. É fatal não se conhecer, e não se conhecer exige coragem.
Vai entrando. A água salgada é de um frio que lhe arrepia em ritual as pernas. Mas uma alegria fatal -- a alegria é uma fatalidade -- já a tomou, embora nem lhe ocorra sorrir. Pelo contrário, está muito séria. O cheiro é de uma maresia tonteante que a desperta de seus mais adormecidos sonos seculares. E agora ela está alerta, mesmo sem pensar, como um caçador está alerta sem pensar. A mulher é agora uma compacta e uma leve e uma aguda -- e abre caminho na gelidez que, líquida, se opõe a ela, e no entanto a deixa entrar, como no amor em que a oposição pode ser um pedido.
O caminho lento aumenta sua coragem secreta. E de repente ela se deixa cobrir pela primeira onda. O sal, o iodo, tudo líquido, deixam-na por uns instantes cega, toda escorrendo -- espantada de pé, fertilizada.
Agora o frio se transforma em frígido. Avançando, ela abre o mar pelo meio. Já não precisa da coragem, agora já é antiga no ritual. Abaixa a cabeça dentro do brilho do mar, e retira uma cabeleira que sai escorrendo toda sobre os olhos salgados que ardem. Brinca com a mão na água, pausada, os cabelos ao sol quase imediatamente já estão se endurecendo de sal. Com a concha das mãos faz o que sempre fez no mar, e com altivez dos que nunca darão explicação nem a eles mesmos: com a concha das mãos cheia de água, bebe em goles grandes, bons.
E era isso o que lhe estava faltando: o mar por dentro como o líquido espesso de um homem. Agora ela está toda igual a si mesma. A garganta alimentada se constringe pelo sal, os olhos avermelham-se pelo sal secado pelo sol, as ondas suaves lhe batem e voltam pois ela é um anteparo compacto.
Mergulha de novo, de novo bebe mais água, agora sem sofreguidão pois não precisa mais. Ela é a amante que sabe que terá tudo de novo. O sol se abre mais e arrepia-a ao secá-la, ela mergulha de novo: está cada vez menos sôfrega e menos aguda. Agora sabe o que quer. Quer ficar de pé parada no mar. Assim fica, pois. Como contra os costados de um navio, a água bate, volta, bate. A mulher não recebe transmissões. Não precisa de comunicação.
Depois caminha dentro da água de volta à praia. Não está caminhando sobre as águas -- ah nunca faria isso depois que há milênios já andaram sobre as águas -- mas ninguém lhe tira isso: caminhar dentro das águas. Às vezes o mar lhe opõe resistência puxando-a com força para trás, mas então a proa da mulher avança um pouco mais dura e áspera.
E agora pisa na areia. Sabe que está brilhando de água, e sal e sol. Mesmo que o esqueça daqui a uns minutos, nunca poderá perder tudo isso. E sabe de algum modo obscuro que seus cabelos escorridos são de náufrago. Porque sabe - sabe que fez um perigo. Um perigo tão antigo quanto o ser humano.
Sentados en la baranda hablábamos reposadamente de las distintas visiones de la muerte existentes en Angola. Tras llegar a su casa, el compañero Batuque nos recibía por segundo día consecutivo en el abarrotado patio trasero. El entierro de su pequeña había sido tan sólo unas horas atrás.
El ritual era el siguiente. Entre idas y venidas atendiendo a las necesidades de los asistentes al óbito, él iba sentándose y conversando con cada uno de los grupos formados a lo ancho del patio. A nosotros (a Daniel, a Marcelino y a mí) nos hacía un pequeño briefing de la velada, un pequeño programa del entierro. Para un extraño en la materia como yo (un blanquito, un pula, el único allí) la explicación le sonaba a revelación, como parte de un lección de antropología, mientras que a Daniel y a Marcelino (ambos Angolanos, aunque de la etnia Nyanyeca-Humbi y no de la Ovimbundu, como Batuque) era un refresco para la memoria, una actualización.
Nosotros allí en Benguela, nosotros los Ovimbundu, conmemoramos al difunto durante siete días, hasta llegar de nuevo a la fecha en que nuestro ser querido nos dejó. Sólo al octavo día la gente vuelve para sus casas. Todo inicia con la difusión de la noticia. Desde ahí, las personas se movilizan para llegar hasta la casa del difunto. Hay gente que viene de Luanda, otros de Benguela, otros de Huambo y Bié y muchos más de la casa de al lado o del pueblo vecino. La gente puede tardar hasta tres días en llegar y es precisamente por eso que el óbito dura siete días, pues todos tienen que poder llegar a tiempo.
Ayer por la tarde, unas horas después del fallecimiento, veíamos llegar a los primeros allegados. Mientras, en el patio de la casa todo estaba ya preparado para acoger a los recién llegados. Grandes troncos de madera empezaban a arder en una hoguera, y lo seguirían haciendo hasta justo el último día del óbito. Una ristra de bancos (por su forma, seguramente prestados por la parroquia) se alineaban cerca del fuego, preparados para acomodar a las personas. Por una ventana abierta salían los cantos de las mujeres velando el cuerpo. La caja abierta con el cuerpo se pone siempre encima de la mesa de la sala, me dice Daniel. Un grupo de mujeres molían maíz para hacer fungi y azuzaban el fuego, preparando el avituallamiento para el personal. Grandes ollas esperaban cerca de la lumbre. Tío Batuque, tenemos que ir a recoger una olla a casa de la tía, le decía una sobrina. Yo tengo el coche ahí fuera si necesitas un apoyo, contesté yo. Al minuto, salía en dirección a la plaza del pueblo con el coche cargado con diez personas más, además de mí. Aunque no sabía de dónde habían salido todas ellas (pues juraría que en el óbito aun no tenía tanta gente), había cometido el error de no recordar que aquí en Angola cuando hay boleia te salen amigos por todas partes. Fue así que llegamos a la plaza y todos se bajaron para perderse entre los callejones del barrio. Al rato volvieron las dos sobrinas con la grande olla y nos dirigimos de nuevo hacia el óbito.
Un altavoz del tamaño de una lavadora (cosa más que común por aquí, pues un buen y potente altavoz nunca falta en ningún evento que se precie) se encontraba a la entrada de la casa. Le pregunté medio en broma si es que iban a poner Kizomba. Batuque me explicó que antiguamente eran las mujeres que cantaban músicas religiosas durante toda la noche, pero que con los nuevos tiempos es más cómodo poner un CD (una verdad aplastante, por otra parte). Las ollas empezaban a hervir, mientras, los asistentes iban llegando. Ataviados con chaquetas y ropa de abrigo, traían sus mochilas con mantas y todo lo necesario para pasar la noche en aquel frío patio a cielo abierto y, muchos de ellos, también los abrasadores días. El patio de la casa se preparaba para convertirse en campamento temporal. Siempre que en las comunidades donde trabajamos miraba extrañado a gente que cargaban con bolsas y mochilas, Daniel me decía que iban para un óbito. Y yo no acababa de entender cómo él conseguía distinguir entre los que iban al óbito y las que iban, no sé, a la plaza a comprar o a la ciudad. Ayer por la tarde lo confirmé, pero aun así supongo que existe un cierto patrón, que aun no he conseguido descubrir, para saber los destinos de esas personas. No había niños por ningún lado. Normalmente los niños son “transferidos” hacia casas de familiares o amigos, me aclaraban.
Hoy, acababa de llegar un grupo de familiares de Luanda. Tengo un equipo de familiares que están discutiendo sobre la organización del óbito, nos decía Batuque. Me atrevo a decir que la cuestión del protocolo y del respeto por las tradiciones y la cultura son de tanta importancia para organizar un “buen óbito”, que por eso tiene comité organizador. Bueno, y porque la organización logística para alimentar y acoger a esa alargada y casi inacabable “familia extendida” africana no es nada fácil, ni económicamente ni logísticamente. Esa es una de las razones por las que sólo entrar en la casa, el allegado tiene un cuaderno en el que escribir cuál ha sido su contribución al evento: 500 Kwanzas, un Kg. de azúcar, un saco de 25 Kgs de maíz, un litro de aceite, un saco de patatas etc.
Al hilo de lo que iba diciendo, realmente existen “buenos” y “malos” óbitos, pues ésta es una ocasión especial en la que se puede comer y beber “por la cara” durante una semana. Y no es exageración ni escarnio. Hay que pensar que, sobre todo en las zonas rurales, la gente muchas veces sólo hace una comida al día, y que cuando llegan a un óbito tienen hasta tres, sin que eso pueda usarse como motivo de recriminación, pues es una obligación de la familia anfitriona. Así, en todas las conversas de pasillo por aquí, uno siempre oye algún comentario del óbito de fulanito o de menganito, que si faltaba fungi, que si no había sitio para descansar, que si no había bebida… Así, el óbito es realmente un rito fatigante desde el punto de vista organizativo, a lo que se le ha de sumar la fatiga mental, emocional y espiritual.
Hay que decir que el óbito está más concurrido durante la noche que durante el día, pues la mayor parte de las personas venidas de las cercanías vuelve a sus quehaceres cotidianos tan pronto amanece. Todos menos la familia directa, pues si alguno de ellos abandonara el óbito para ir a trabajar (ya sea en su huerta, como en cualquier otra actividad) automáticamente comenzarían los rumores de que está maldecido (está enfeitiçado) y cosas muy malas le van a ocurrir.
Nos explicaba Batuque que a partir del tercer día acaba el lloro y comienza la celebración, cuya transición se hace con una gran comida. A partir de entonces, se canta, se baila y se anima al espíritu: se olvida la pena. Y es que al final de cuentas, el óbito no es más que una forma de no dejar nunca sola a la familia, de tener movimiento en la casa para no sentir el vacío dejado por el difunto. Cualquiera concordará conmigo en que el objetivo realmente se consigue, y con creces.
La celebración continúa hasta el séptimo y último día. En ese día, se conmemora al difunto de forma más intensa. Por norma, el rito presupone que se recuerde aquella que era la actividad que éste desempeñaba en su vida diaria. Si era agricultor (como ocurre en la mayoría de los casos), entonces la familia tiene que ir hasta su campo y recoger una muestra de lo que cultivaba (maíz, calabaza, sorgo, etc.) para compartirla con todos los asistentes. Si, por ejemplo, el fallecido era ganadero, entonces se mata una cabeza o las que haga falta. En los casos en que el fallecido es un Soba (un líder tradicional) se llegan a matar hasta diez cabezas de ganado y el óbito dura hasta tres semanas, durante las cuales siempre hay gente entrando y saliendo de la casa. Si, como en este caso, fuera un niño simplemente se preparaba una comida, sin más.
Es al final del séptimo día cuando los familiares más allegados realizan el rito de la komba, término umbundu que quiere decir barrer. El punto culminante del óbito es éste, cuando se barren las cenizas del fuego que ardió durante toda la semana y que dio calor a los más allegados, el fuego con el que se cocinó y se dio de comer a todos los asistentes. Se barren las cenizas y se apaga el fuego. La pena que duró tres días se ha dejado de lado tras otros cuatro días de celebración.
Nos explicaba Daniel que en la zona de la Lunda Norte (que hace frontera con la R.D. del Congo), antiguamente existía una tradición un tanto particular entre las etnias Nganguela y Kikongo a la hora del anuncio de la muerte de una mujer. Cuando moría la mujer, el marido tenía que ir a anunciarlo a casa de la familia de ella. Lo curioso era que el anuncio tenía que hacerse desde el punto más alto que se encontrara cerca de la casa. Un árbol podía ser más que válido, un montículo o un tejado aceptables. Tras gritar la mala noticia, automáticamente la familia de la mujer salía como una barahúnda detrás del afligido marido, le daban caza hasta alcanzarlo y, si eso ocurría, se enzarzaban en una lucha con él y con su familia (que normalmente se encontraban cerca dando “cobertura” al hombre, en previsión del inevitable desenlace). Esa ira venía provocada por la creencia de que algun feitiço o alguna cosa malvada había tenido que hacer el marido para permitir que su mujer muriera antes que él. La lógica de esta creencia es bien simple: en la cultura africana es muy común que a la hora de dormir el marido sea siempre el que duerme más cerca de la puerta, mientras que la mujer duerme entre el marido y la pared, teniendo al hombre como parapeto. La lógica es bien funcional, pues en términos de seguridad el marido es el protector y la mujer la protegida si alguien, o algo, entrara por la puerta. Desde ese punto de vista, la familia de la malograda se preguntaba cómo podía ser que, si el marido realmente dormía entre la puerta y la mujer, la enfermedad o el feitiço pudieran haber entrado en la casa, hubieran saltado al marido sin hacerle nada (cosa más que improbable, pues lo más lógico es que la enfermedad y el feitiço ataquen antes al primero que se encuentran, que es el marido, y no tener que continuar hasta la mujer que yace plácidamente resguardada cerca de la pared). Siendo así, el marido habría incurrido en un grave error dejando desprotegida a la difunta (pues seguramente, pensaba la familia de la víctima, éste estaba fuera de casa aquella noche, en casa de la otra mujer e incumpliendo con sus responsabilidades conyugales) y teniendo que asumir su culpa a base de mamporros. Afortunadamente, pasada la confusión inicial, comenzaban los preparativos para el óbito.
Tengo 30 años y a lo largo de toda mi vida no habré asistido a más de diez funerales.
En esto de la cooperación internacional estamos bien acostumbrados a recurrir constantemente a estadísticas e informes para mostrar la realidad de los contextos en los que trabajamos. Desafortunadamente, los números siempre se quedan en la abstracción y vagamente nos conectan con la realidad.
Pues bien, la tasa de mortalidad es una de esas variables con las que tanto nos gusta jugar. Sin embargo, para (de)mostrar esa relación entre un número abstracto y el sufrimiento real, basta con pasar una breve temporada en un país africano cualquiera. Pongamos por ejemplo, Angola.
Hace dos días estaba en una boda, comiendo, bebiendo, cantando, bailando y riendo. Hoy, estaba en un funeral, también comiendo, bebiendo y cantando, pero ahora sin baile y con algunas risas menos.
En Angola la muerte es algo palpable, algo que ocurre a cada momento y que afecta con demasiada frecuencia a cada individuo. Aquí, los funerales (óbitos, en portugués) son la segunda causa de absentismo laboral, la primera, evidentemente, son las enfermedades (o “incomodidades”, como dicen por aquí: oi chefe, hoje não vou poder ir a trabalhar, pois estou incomodado). Para un neoliberal ésta es una de sus peores pesadillas, pues los óbitos duran entre dos días y una semana, lo que supone un duro golpe para la productividad del país. Me extraña que a nadie de la OMC, del BM o del FMI se le haya ocurrido aún proponer la abolición de los óbitos en los países menos desarrollados.
Esta tarde, sentado allí en el patio de la casa del compañero Batuque, intentaba averiguar el intríngulis del rito y lo comparaba con nuestra tradición allí en la península. Mi conclusión: la muerte se lleva aquí con mucha más calma, menos dramatismo, más relativismo y más resignación. Todos podemos hacer un rápido ejercicio mental para darnos cuenta de lo enormemente dramáticos que somos los españoles (lo que, seguramente, podría hacerse extensible a todos aquellos países que ocupan los primeros puestos en esas listas de estadísticas, precisamente por registrar sus valores mínimos en relación a algunas tasas, como la de mortalidad) respecto a la muerte: intentad contar el número de funerales a los que habéis asistido a lo largo de vuestra vida o de las muertes de personas cercanas que os han afectado (excluyendo el apartado de sucesos de los noticiarios, claro); seguramente el resultado no será muy distinto del mío (aunque todo dependerá de vuestra edad). Ahora, reflexionando sobre la realidad angoleña. Un ejemplo ilustrativo: la mayoría de actividades que realizamos aquí en la FAO con las comunidades rurales siempre ven mermada su participación por causa de uno u otro entierro, y a veces por más de uno a la vez. Casi siempre nos hemos topado que en alguna comunidad vecina o en la propia ha habido alguna muerte a cuyo funeral los beneficiarios tenían que asistir. Puede parecer que la mayor mortalidad se da en el ámbito rural, pero la situación se repite en la ciudad en igual o mayor medida.
La cuestión era que esta vez la guadaña se había cebado con una pequeña de un año y medio. Vómitos y diarreas durante una semana habían conducido al fatal desenlace. El diagnóstico era más que incierto: creemos que ha sido el cambio de agua o de temperatura entre Lubango y Benguela, pero no sabemos. La incertidumbre siempre es la respuesta de los médicos. Los malos diagnósticos y la falta de tratamiento (o, simplemente, uno inadecuado) se han llevado ya a muchos angoleños. Nadie pide responsabilidades ni busca culpables. La pérdida es asumida con dignidad y resignación, como ya se hizo en el pasado y como se tendrá que continuar haciendo en el futuro. La realidad de las estadísticas se traduce así de esta forma en estas gentes resignadas a continuar con el imparable ciclo de la vida.
Lo que más me admira de estas gentes es su fuerza y su dignidad. ¿Alguien se puede imaginar el dramatismo de la repentina muerte de una hija de tan solo un año y medio? ¿Los lloros y las lágrimas de los más allegados? ¿Las recriminaciones a médicos y hospitales por no saber qué le pasaba a nuestra pequeña? ¿El duro futuro al que se enfrentan sus padres y familiares? Quién sabe si es debido a los 30 años de guerra, muerte y destrucción que se vivieron en Angola, o si es la consecuencia de la fe inculcada por la religión foránea y socializadora, o si, simplemente, debido a la falta de alternativa y de escapatoria de esta realidad, pero la verdad es que estas gentes asumen de una forma mucho más entera y menos apocalíptica de lo hacen nuestras sociedades más al norte.
No sé, vamos ver mañana. Por lo pronto, a lo largo de toda esta noche el óbito continúa allí, en el patio de la casa, alrededor de un gran fuego, de un plato de comida y de una bebida y al sonido de los cantos de las mujeres. Aun a pesar del frío de la noche, creo que continúa siendo un ambiente mucho más cálido y acogedor que los fríos y asfixiantes tanatorios que he conocido hasta ahora. Quizás deberíamos cambiar de nuevo las vitrinas de cristal del tanatorio por la cama del desaparecid@, quizás deberíamos volver a la vieja usanza, a un pasado, por otra parte, no muy lejano.
A lo largo deestos dos últimos años he llegado a la conclusión de que dos cosas son necesarias para poder vivir en Angola: una, es una buena dosis de estoicismo, la otra no salir del país bajo ningún concepto.
Lo de ser estoico ayuda, como mínimo, a superar las continuas frustraciones que surgen en el día a día y a saborear las pequeñas victorias en un país en el que casi todo está aún por hacer. Desde esa óptica, podemos aplicar la premisa del gran Epicteto de Frigia: no quieras que las cosas sean como tú deseas, desea las cosas tal y como ellas son, y serás feliz.
Lo de no salir de Angola bajo ningún concepto parece una contradicción, pero tiene su lógica. Veamos, el caso es que tras unas cortas vacaciones en la vecina Namibia aun estoy con el síndrome post-vacacional ese, el cual, en Angola, puede llegar a multiplicar por tres sus efectos depresivos. Lo de no salir de Angola es, simplemente, para evitar ese mal vicio que tenemos los humanos, el de la comparación.
El viaje a Namibia lo hicimos de coche. Mil quinientos Kms para ir y otros tantos para volver. De esos tres mil, la mitad fueron por una carretera de la que ya poco queda, pues los morteros y las bombas reventaron la mayor parte de ella. Esa fue la vía de acceso de los Sudafricanos en el 75 cuando invadieron Angola, así que puentes e infraestructuras claves fueron dinamitados a conciencia.
Pues bien, la cuestión es que el gobierno se ha decidido a rehabilitarla o, mejor dicho, a construirla de nuevo, pues es la principal vía de entrada de las importaciones provenientes de la vecina Namibia y de Sudáfrica. El problema, el de siempre: la corrupción. El presupuesto inicial para su construcción era de 150 millones de dólares americanos; el coste real que reclama la constructora ahora (una empresa brasileña) es de más de trescientos millones de dólares, es decir, el doble de lo previsto. Alguien puede pensar en la inflación y todo ese rollo, pero la realidad es más pintoresca: una constructora brasileña que gana la adjudicación en el concurso público; un ministro que tiene una empresa fiscalizadora de obras y que, casualmente, es contratada por la constructora para supervisar a la misma; una empresa que no supervisa nada y una constructora que se pasa el proyecto inicial por el forro de los…; y a mitad de la obra, voilà, se sacan de la chistera un golpe maestro, se duplican los costes a una menor calidad. Vamos, el negocio redondo, el colmo de los colmos. Como bien decía el director del Instituto Nacional de Estradas de Angola en una reunión con la constructora y con la nueva empresa fiscalizadora contratada por este instituto para supervisar a la otra fiscalizadora que no fiscalizó nada (tiene huevos la cosa): hombre, mire usted, robar robamos todos, pero robar de esta manera es demasiado.
El resultado de todo este embrollo es que, de 500 Km de carretera desde Lubango hasta la frontera, tan sólo un tercio ha sido asfaltado (y lo mejor de todo es que lo han hecho de forma intermitente (ahora un trozo asfaltado, ahora otro de arena, ahora otro poco de asfalto y ahora otro tanto de agujeros), el resto, nadie sabe ni cuándo ni cómo lo acabarán, pero a quién le importa eso ahora cuando los bolsillos de unos pocos ya están llenos de dinero.Mientras, a lo largo del trayecto uno se cruza con grupos de jóvenes apostados a lado y lado de la carretera extendiendo una cinta o una cuerda haciendo las veces de peaje, reclamando una contribución del viajero por haber tapado los agujeros con arena y haberle hecho el viaje un poco más agradable. Paradojas de la vida.
Me perdonarán todos porque esto de comparar está feo, pero es que uno cruza la frontera (otro suplicio más) y el panorama cambia, ni agujeros, ni polvo, ni arena, ni piedras. Es más, mismo las carreteras secundarias namibianas (que no están asfaltadas), están en mejor estado que las propias calles de Lubango.
Y claro, uno al entrar en esas rectas interminables bien asfaltadas comienza a pisar el acelerador. Y es ahí cuando, entre risas y una buena kizomba a todo volumen, ¡zas! un radar escondido detrás de un árbol marca 120 km/h en un tramo de 60. Mierda, pero Rubén ¿tú has visto alguna señal? ¿Yo? Joder Misana, pero si con el polvo que aun llevo en mis gafas de sol, casi ni he visto a la gorda de la policía que se ha puesto en medio de la carretera para obligarnos a parar.
La mujer policía nos empieza a contar no sé qué rollo de la calibración del radar, nos muestra su licencia para usarlo y la lista de multas. La lista acaba en los 100 km/h, no hay multa por duplicar la velocidad. Voy a tener que llevar al señor a la comisaría, porque va a tener que pasar la noche en una celda a la espera de que el juez dicte mañana una sentencia. ¿Qué? Rubén, esta gorda debe de estar bromeando. ¿A prisión? ¿Por exceso de velocidad? Tranquilo Misana, vamos a solucionar esto, nadie va a ir a prisión. Tras 30 interminables minutos, explicándole a aquella mujer que veníamos de Angola, que no habíamos visto la señal, que acabamos de cruzar la frontera y que no conocemos bien la carretera y que bla, bla, bla, le pido a la señora que por favor nos diga cuál es la multa más alta, que le pagamos y que ponemos pies en polvorosa. Finalmente, tras diez minutos de dura negociación la mujer me dice que, haciéndonos un favor, le pague 2.000 Rands (unos 200 Euros) y solucionamos la cuestión. Pongo mi dinero dentro de mi pasaporte y la mujer nos deja ir, no sin antes recibir sorprendida un beso de mi compañero que no cabía dentro de sí de felicidad.
Otra paradoja, y esta de las buenas, un Angolano acostumbrado a que le pidan sobornos por cualquier cosa contento de felicidad por haber desembolsado 200 Euros al primer policía namibiano de turno. Aquella gorda se llevó el salario del mes a costa de su radar y de unos turistillas despistados, pues días después nos enteramos de que nada de prisión ni de juez por exceso de velocidad, que lo que hacen es retenerte la documentación del coche en la comisaría hasta que pagues la multa. Pues nada, que la mujer se sacó de la manga eso de pasar la noche en la celda y todo ese rollo para llevarse un dinerillo (y resultó que la gorda se llevó El Gordo). Al final de cuentas, lo de Namibia es corrupción tecnificada. Sólo rezo a Dios para que no se les ocurra en Angola comprarles radares a los policías, porque entonces sí que vamos a llorar, pero no de risa.
Tras el incidente, y tras pasar unos días viendo animales, relajándonos en buenos hoteles, en la sauna y en el jacuzzi, comiendo carne de todos los tipos, todo bueno, bonito y barato, enfilamos de nuevo la carretera perdida rumbo a Lubango. Nos venía una sonrisa de desprecio al ver todos aquellos coches namibianos preparados con todo para la aventura offroad (tiendas de campaña listas para usar, bidones de gasolina, palas, teléfonos satélite), corriendo por aquel paraíso de asfalto y arena. ¿Aventura? La aventura de verdad comienza ahora, en la frontera, en la carretera perdida.
Me levantaba hoy leyendo en El Periódico Digital una noticia aterradora: “Las tres familias participantes en 'Perdidos en la tribú' se reparten el premio de 150.000 euros “. Tras investigar un poco por el ciberespacio para saber más sobre eso de “la tribu”, la náusea era lo más que me venía como reacción ante una muestra más de la decadencia de la supuesta civilización española y, por ende, occidental.
Decía alguien que la TV es un reflejo de la sociedad. Y este nuevo tipo de reality (ahora disfrazado de “docu-reality”, sea lo que sea que signifique eso, pues dudo mucho que ni los propios creadores del término sepan lo que quiere decir, simplemente, porque no tiene significado nuevo alguno sino apenas una cara nueva para la misma bazofia de siempre), es una muestra más de la decadencia de esta sociedad, encumbrada por sus elevadas cuotas de audiencia: Con una audiencia media del 13,5%, “Perdidos en la tribu” se ha convertido en el reality documental más visto en la historia de Cuatro, rezaba la noticia de El Periódico.
Hace algunos años que en el examen final de la asignatura de Sociología de la Comunicación, los alumnos del Profesor Salvador Cardús tuvimos que hacer frente al fenómeno de la gala final de “Operación Triunfo” y la jurisprudencia creada con su cuota de pantalla superior al 50%, algo nunca visto antes y que, al parecer, merecía de nuestra atención y capacidad analítica. La cosa, por aquel entonces, no me fue nada mal así que de esta vez no me he podido contener en aplicar unas dosis de pragmatismo, en base a la realidad que conozco aquí en Angola (pues dos de esas tribus también se encuentran aquí). Sin embargo, en esta ocasión seguramente habrán sido los alumnos de la carrera de Antropología los que habrán tenido que analizar esta ofensa hacia su profesión.
Mucho se ha hablado ya de los pros y los contras de este ¿nuevo? concepto de programación de entretenimiento. Alguna que otra ONG ya ha puesto el grito en el cielo y alguna que otra réplica ya ha tildado a esta organización de alarmista, al mismo tiempo que de colaboracionista con el programa mismo, es decir, de hipócrita. Debate este, insulso y desacreditado ya de entrada, pues los defensores del “docu-reality” se escudan en el carácter divulgador e integrador de este nuevo intento por acercar los modos de vida de estos “primitivos” y “salvajes” al gran y civilizado público español, mientras que los acusadores se parapetan en el hedor a etnocentrismo desprendido por este nuevo ataque a la dignidad de los pueblos indígenas. Eterna lucha de titanes de la que, por norma, siempre salen perdiendo los mismos infelices: los propios pueblos indígenas.
Si de una cosa estoy seguro es que Lévi-Strauss debe de estar revolviéndose de angustia en su casa, y a sus 100 años esto podría costarle más que un disgusto. Rezo para que al señor no se le ocurra encender la TV estos días. Sólo sé que la Antropología se merece un trato mejor que este. El grande antropólogo necesitó, allá por 1936, más de 5 años para adentrarse en el interior del Brasil y poder estudiar a las tribus indias que allí vivían. Necesitó más de quince años para escribir aquellos relatos en su gran obra Tristes Trópicos (publicada en 1955). Así que supongo que 21 días no se pueden ni llegar a considerar como un mínimo intento para entender y conocer a unos Bosquimanos (o San), unos Himba o unos Mentawai y, mucho menos, para formar parte de ellos. Hilarante intento este el de querer mostrar unas culturas tan complejas y ancestrales como estas en 21 días; simple sacrilegio el de reventar los conceptos básicos del análisis antropológico y etnográfico: la observación, la no interferencia, el análisis.
El origen de la violación sufrida por estas tribus a cambio de unos cuantos Euros no se encuentra tanto en la reducción de estas a nuevos y exóticos figurantes del gran show mediático de unos medios de comunicación de masa de un país lejano, como en la supuesta creencia de que este tipo de “ejercicios” suponen un acercamiento entre culturas, una oportunidad para que el gran público (acomodado en sus confortables sillones) pueda acceder a un conocimiento que, de otra forma, permanecería encerrado y olvidado en las vetustas y polvorientas estanterías de cualquier biblioteca de antropología, reservado sólo a unos pocos excéntricos que decoran las paredes de sus casas con arcos y flechas traídos de lugares exóticos tras un largo período de introducción e integración en esas comunidades y un, aun más largo, lapso de observación y análisis.
La celebración del descubrimiento de un nuevo rito o de una nueva norma social de estas comunidades se desnaturaliza aquí y se reduce a un simple: “¿será la familia Ramírez aceptada como miembro de la comunidad Himba? Todo eso y más, después de la publicidad”. Patético y denigrante la violación brutal y sin paliativos de una ciencia social como la Antropología, por no decir de sus objetos de estudio: los pueblos indígenas.
Aquí en Angola existen comunidades Himba y San (más conocidos como bosquimanos) diseminadas por las regiones del sur del país y llegando hasta el sur de Namibia y Bostwana. La problemática de las comunidades San en Angola (una minoría étnica de unos 7.000 nómadas que se enfrenta a serios problemas tras su sedentarización desde el fin del conflicto armado) ha sido objeto de estudio por parte del Proyecto Terra de la FAO. En ese proyecto delimitamos sus tierras y constatamos los conflictos con sus vecinos Bantúes. Los San son una muestra viviente de discriminación y de olvido aquí en Angola. Son la escala social más baja, despreciados por las comunidades Bantúes (los Ovimbundu),e institucionalmente olvidados. Los San son los verdaderos indígenas del Africa Austral, pues sus orígenes se remontan a 20.000 años atrás.
También en el sur de Angola existen comunidades de Himbas, cuya problemática es menos grave, puesto que se encuentran en una zona bastante despoblada del país y continúan con sus hábitos de caza como antaño sin haberse registrado grandes conflictos, normalmente ocasionados por la presión demográfica y la reducción de sus áreas de movimiento y de subsistencia.
En definitiva, el insulto a la inteligencia tanto de espectadores como de los pueblos indígenas es el único producto palpable de este tipo de programa. Sería bueno resaltar que la elección de Namibia como base de operaciones no se debe a que en su territorio se encuentren un gran número de tribus “salvajes” y “primitivas”, pues si de eso dependiera, seguramente Angola sería más adecuada. El factor decisivo en relación a los San y a los Himba es, casi con certeza, la explotación turística que hace este país de estas comunidades, así como su gran industria turística. Casi con seguridad que el equipo de TV, así como los participantes en el concurso, pudieron acabar su estancia en uno de esos grandes hoteles de lujo con vistas a las dunas del desierto del Kalahari o del Parque Nacional de Etosha. Así es que, que me perdonen los lectores, pero no veo por dónde aparece la tan alabada sed de aventura de los participantes: 21 días pasan volando si tan suculenta recompensa viene después. Las facilidades logísticas ofrecidas por un país bien organizado (como ex colonia alemana primero y sudafricana después), y abierto a los incomes publicitarios aportados por este gran show, no las ofrece Angola, por ejemplo, aunque sí ofrezca unas mejores condiciones para el análisis antropológico de estas culturas, si es que realmente fuera ese el objetivo del “ejercicio”, claro.
Apostaría mi cabeza que en alguna de las próximas ediciones de este show va a caer alguna comunidad Maasai en Kenia. O quizá no, puesto que el “exotismo” de estas tribus no es tan manifiesto: demasiadas fotos en los catálogos de las agencias de viajes, demasiados reportajes en los programas de sábado por la tarde. Demasiado obvio para el ojo de esta nueva clase de antropólogo: el “antropólogo apoltronado”. La nueva élite de la investigación etnográfica.
Si Lévi-Strauss asomara la cabeza, cuán triste y decepcionado de constatar, una vez más, la miseria de una civilización en decadencia. Quiera Dios que las solicitudes de matrícula para la carrera de Antropología aumenten tras todo esto. Así, como mínimo, algo bueno sacaremos de todo este embrollo pseudocientífico.
La foto de la mujer Himba me costó una caja de galletas y un zumo de piña. Cuando mi colega sacó su cámara para también sacarle unas fotos y constatamos que ya no nos quedaban más galletas, la mujer profirió un grito toda enfadada y puso pies en polvorosa con su burro. Que nadie se piense que “primitivo” y “exótico” es sinónimo deburro e ignorante.
La británica Royal Geographical Society pone fin a su historia de expediciones legendarias
Hay dos nichos en los muros exteriores del edificio de la sede de la Royal Geographical Society (RGS), en la calle de Kensington, en Londres. Atesoran las estatuas de los dos exploradores que probablemente más fama han dado a esta institución británica, el irlandés Ernest Shackleton y el escocés David Livingstone. Dentro, sobre los muros que rodean las escaleras, en algunos casos flanqueando los pasillos, hay enormes pinturas de otros pioneros como Robert Falcon Scott, Henry Stanley, Richard Francis Burton y John Speke. El edificio rezuma devoción por estos aventureros sobre cuyas proezas se ha cimentado el respeto que inspira la RGS en todo el mundo, y algunos de los que pasean entre sus viejas paredes han acabado por preguntarse, tal vez mirando con nostalgia los retratos, adónde ha ido a parar el tiempo de las expediciones.
Uno de estos días pasé un rato intentando encontrar las similitudes entre la realidad del mundo rural angoleño y la de allí de España.
Llevamos ya casi dos meses realizando junto con el gobierno de Angola un catastro actualizado de las fazendas (haciendas, en castellano) en uno de los municipios cerca de Lubango. Dos meses recorriendo los perímetros de las fazendas, de hasta 200 hectáreas, haciendo los croquis y el inventario de los recursos naturales y cultivos que allí se encuentran.
Ayudados por un GPS, tiramos los puntos de los límites de los terrenos (tal y como se aprecia en la foto) para después informatizar los datos y tener un catastro actualizado. Y claro, no siempre los marcos de los límites son de fácil acceso. Quizás ahora que por fin han acabado las lluvias, ya no me llegue más el agua hasta casi la cintura, quizás ya no tenga que cuidarme de no pisar una cobra a cada paso. Sin embargo, las malditas hormigas continuarán trepando por mi pierna, por debajo del pantalón, hasta que decidan comenzar a machacarme a mordidas. Las temidas hormigas bisonte seguirán amenizando las largas caminadas por el “mato”.
Investigando cada terreno junto con el fazendeiro uno va viendo la cantidad de conflictos sobre la tierra que suceden a diario. Invasiones de terrenos, conflictos de herencias entre tíos y sobrinos, hermanos, vecinos... Una lista interminable de “incomprensiones”, término que al principio me sorprendía un poco que utilizaran los propios actores de los conflictos. Si una cosa he aprendido en este tiempo es que nunca existe un conflicto como tal. Aunque se estén tirando los trastos a la cabeza frente a ti o amenazándose de muerte a cada momento, nunca existe conflicto, quizás algunas “incomprensiones” o alguna disputa, pero nada más.
Pues en eso iba yo recordando las historias del pueblo de mi padre, Fuen del Cepo, allá en Teruel. Nada que envidiar tienen estas “incomprensiones” con aquellas turolenses.
Comparando iba yo aquellas reuniones en el local social del pueblo (por llamar de alguna manera a aquel especie de establo recuperado para espacio comunitario) con los encuentros bajo el árbol de aquí. La organización del pueblo dejaba tanto que desear que más de uno se avergonzaría al ver el nivel de organización social que tienen estas comunidades. A diferencia de los asistentes a aquellas reuniones de verano (pues sólo durante aquel corto periodo Fuen del Cepo contaba con toda su población, llegada de las ciudades en busca de un descanso estival), todos resabidos y alborotadores profesionales, los de estas comunidades están excelentemente organizados. Las autoridades tradicionales aun funcionan a pleno rendimiento, rigiendo el rumbo de lasdiscusiones y repartiendo calma entre el personal. Aun me acuerdo yo de aquella algarabía en Fuen del Cepo cuando uno decía una cosa y el resto gritaba y desacreditaba toda su argumentación.
Cuánto ridículas me parecían por entonces las disputas por tierras que, por aquellas latitudes, poco valor tienen, ni comercial ni sentimental, pues la despoblación que sufre el campo turolense (como en el resto de España) ha convertido la mayoría de zonas en terrenos baldíos. Aun recuerdo mi estupefacción cuando mi padre me contaba que un vecino le había amenazado de muerte porque la asociación del pueblo quería ampliar el local social en un terreno que, aparentemente, le pertenecía. Como mi padre fue el encargado de hacer las gestiones en el catastro para esa actividad, recibió en troco un buen abanico de amenazas. En aquella cuestión de tierra, nada valía el grado de escolarización del vecino, como tampoco su status de exitoso hombre de negocios. Mucho tienen que ver los métodos de por allí con los de aquí, pero mientras que aquí las comunidades cuentan con mecanismos internos de resolución de conflictos, antes de llegar a la justicia ordinaria, las comunidades españolas ya no cuentan con esos mecanismos, más allá de la justicia formal.
Si bien es verdad que la violencia es violencia en ambos casos, creo que las diferencias de poder entre los actores, aquí en Angola marcan la diferencia mucho más decisivamente que en España. La diferencia de poder juega a favor de los más fuertes (normalmente los fazendeiros) en detrimento de los más débiles (los pequeños agricultores), pues tienen los medios para presionar con la justicia formal, canal que los más débiles no pueden permitirse, pues ni tienen los medios financieros ni el nivel cultural suficiente como para acceder a ella. En el caso del vecino de Fuen del Cepo contra el Sr. Benjamín, ambos ostentaban el mismo poder, el mismo status, más o menos el mismo nivel cultural, la misma capacidad (tanto financiera como cultural) para recurrir al mecanismo de resolución que más les conviniera. Y sin embargo, uno de ellos acababa recurriendo a la amenaza como última instancia.
Hasta ahora he visto en Angola alguna que otra “incomprensión” solucionada a través del diálogo aunque, desgraciadamente, muchas otras donde el más fuerte doblega al más débil.
Respecto al caso de Fuen del Cepo, el catastro dio la razón al vecino, pues aquella área realmente le pertenecía. Así, el interés individual se impuso al interés colectivo. Una vez más. Algo tan simple como la consulta de un catastro actualizado solucionaría más de un problema aquí en Angola. Y eso es, precisamente, para lo que van a servir mis heridas causadas por las hormigas, y mis pantalones llenos de barro, y mi miedo a las cobras. Por algún punto se tiene que empezar. Porque, aunque Teruel exista, existe lejos, muy lejos de aquí.
Con la primera visita del Papa Bento XVI (también conocido como Benedicto) a África se ha puesto en movimiento todo el engranaje mediático que una visita de tal calibre merece. Tras su llegada a Camerún ayer, se espera el aterrizaje en Angola para este próximo viernes día 20.
En Camerún ya ha desatado a las masas de fieles que siguen todos sus pasos por la capital, Yaundé. Mientras, Luanda, la ciudad del caos y el desespero limpia su cara para mostrar su lado más humano a su distinguido invitado. La visita del Papa representa, para los angoleños, el reconocimiento de los avances realizados en tan sólo siete años de paz. Buenos augurios para el ego patriótico: lo hemos hecho bien, lo estamos haciendo bien, lo haremos aun mejor y he aquí nuestro regalo. Reconocimiento a los esfuerzos de reconciliación nacional. Y digo yo, qué niño le hace un feo a un caramelo después de portarse bien. Está muy bien venir a “rescatar los anteriores valores cívicos y la moral perdida” (según reza la iglesia angoleña), pero para eso Angola y los angoleños necesitan ser rescatados antes de su propio destino. Seguramente, el policía, aunque más íntegro tras una reflexión sobre su debilidad espiritual, continuará pidiendo gasosa (vamos, un incentivo) cuando le plazca, como hasta ahora. El nuevo angoleño necesita de nuevos valores y de nueva moral, y no precisamente de aquellos antiguos, forjados bajo el dominio del hombre blanco tras siglos de sumisión y explotación. Ya lo dijo el filósofo, que el hombre nuevo necesita de una nueva moral.
Pero lo que se viene celebrando en realidad no es otra cosa que los quinientos años de la llegada del hombre blanco civilizador a Angola. Quinientos años del éxito de la misión evangelizadora llevada a cabo por los primeros colonizadores portugueses. El éxito del proceso de conversión al cristianismo de las salvajes tribus africanas. Conmemoración del medio milenio de la imagen del colono portugués con la palabra de Dios en una mano y el látigo en la otra. Quinientos años conduciendo a los esclavos desde el interior del territorio hasta la costa para ser embarcados en un viaje de no retorno al nuevo mundo. De Angola salió la mayor parte de los esclavos necesarios para cubrir la espectacular demanda de las colonias portuguesas allá en América. Las plantaciones del Brasil devoraban mano de obra a un ritmo vertiginoso. Mientras, el colono blanco (que dormía con su Biblia debajo de la almohada) se adentraba en el interior del país para extraer su mayor riqueza, la mano de obra, al tiempo que iba plantando la semilla del Evangelio. Misiones católicas a cambio de… nada.
A pesar de su mal comienzo, la iglesia jugaría en tiempos posteriores un papel social importante e insustituible. Ya en el siglo pasado, en tiempos de la guerra civil (y una vez que los portugueses hubiesen abandonado ya el país amenazados por el negro revuelto contra su amo), la iglesia se convirtió en uno de los pocos actores que asistieron a una gran parte de la población, salvándola de una muerte segura. Los líderes tradicionales (los llamados Sobas) buscaban todo tipo de asistencia y protección -alimentaria, sanitaria y, por supuesto, espiritual- en las misiones, mientras las distintas facciones arrasaban aldeas y poblados para ganar terreno al enemigo. El papel de los misioneros entonces fue realmente digno de alabanza. La sociedad civil por aquel entonces se reducía a la Iglesia, principalmente católica. Sin embargo, más tarde con la llegada del ejército humanitario, su papel quedó relegado a un segundo plano.
Y eso es lo que se celebra en estos días. La llegada del Soba blanco, al país del Rey Negro. Visita de cortesía a sus fieles. Mientras la minoría adora a otro dios, en tierras del Rey Negro, el Soba blanco busca a sus fieles entre los más pobres. Africa es el continente que registra un mayor crecimiento del catolicismo -con un 17% de sus casi mil millones de habitantes declarándose como tales-.
Tras su parada en Camerún, su próxima escala llega a la capital de Angola, Luanda. Allí ya está todo preparado. Cosa increíble en un país en el que la agenda para cualquier evento está siempre en continua mudanza hasta justo el minuto antes del comienzo del primer acto. Si todo sale bien será, sin ningún lugar a dudas, un milagro. Y este ya quedará registrado en la cuenta del Soba, para cuando quieran beatificarlo algún día.
La palabra del Papa va a misa, como se suele decir. Lástima es que nunca, o casi nunca, éstas sean las adecuadas. Cuánto ayudaría oír salir de su boca ideas y conceptos “comestibles”. Qué bueno oírle gritar a sus fieles la importancia de la lucha por la mejora de la cobertura de sus necesidades básicas, como agua y saneamiento, en los barrios urbanos y peri-urbanos más pobres, sus barrios. Qué alegría si recordara a todos los presentes la importancia de los derechos de tenencia sobre la tierra de las comunidades rurales para poder garantizar la seguridad alimentaria de miles de campesinos. Cuánto ayudaría oírle hablar a toda la plana mayor del gobierno sobre la necesidad de continuar con la lucha contra el VIH-SIDA, así como de la planificación familiar. Cuán fantástico sería oírle hablar sobre la importancia que tiene el acceso a la educación para el desarrollo del país. Cuánto se avanzaría en la lucha contra la pobreza mejorando los servicios sanitarios y el acceso a los medicamentos y vacunas.
Pero no, eso no va a suceder. Ya antes de llegar a Angola su palabra destructora le precede. Todo el trabajo que cientos de organizaciones llevan realizando desde hace unos cuantos años puede irse al garete por culpa del integrismo ideológico del Soba blanco. Bien saben los misioneros que trabajan en el país que esta realidad no es la misma que la de allá en Roma. Quizás se pueda gritar en la plaza del Vaticano que los preservativos no son la solución para acabar con el sida. Allí el fiel siempre puede acudir -después de que acabe la misa- al hospital de su barrio y hacerse unos análisis a él y a su pareja, tras lo cual concertar una cita con la consejera sobre planificación familiar. Pero oír ese tipo de argumentos en el África de hoy, donde el sida es una arma de destrucción masiva, eso, eso es terrorismo divino. Mesianismo de destrucción masiva.
Desgraciadamente, la palabra de Dios no se come y tampoco sirve para evitar coger una sífilis, una gonorrea o el Sida. Lo que es verdad es que las calles de Luanda no están tan limpias como va a estar la moqueta roja sobre la que va a pisar su Santidad el Soba alemán. Otro milagro a contabilizar será si, tras besar el suelo angoleño el pobre hombre no coge una infección de caballo. Esperemos que no tenga el mismo vicio que su antecesor. Quizás el agua y el saneamiento hayan llegado hasta esa pista del aeropuerto, e incluso seguramente hasta las calles principales por donde pasará la comitiva con su papa-móvil. Unas calles despejadas de los eternos "engarrafamentos" que bloquean día y noche la ciudad, convirtiéndola en una pesadilla. Pero detrás del muro de adobe, allí, sólo la palabra de Dios habrá llegado, por el momento. Esperemos que en breve lleguen el resto de plegarias en forma de servicios básicos y de desarrollo socioeconómico. Nadie dijo que no haya que alimentar al espíritu, lo que se expone aquí es que también hay que dar de comer a la numerosa y extendida familia.
Así es que, por favor, cierre la puerta después de salir, no vaya a ser que entren los mosquitos malariosos de la letrina del vecino.
"Este mundo ya no es el mío"SaudadesCosmovisionesEl Continuo Devenir de las CosasCarretera perdidaMiseria de una Civilización en DecadenciaMalos tiempos para la aventuraVelha InfanciaA Victoria Está Certa Meus CamaradasTeruel Existe... Aunque no en AngolaAndanzas de un soba alemán, o la palabra de Dios no se come : Panta Rei