Fin de la primera parteInsomnioEn Tierra Gaucha: Río Grande do Sul32 páginasTirando del carroCape TownVentana a la locuraTres SombrasTECNOCASAAl César lo que es del CésarEl Príncipe del CacaoEl JuicioFeliz Día de los EnajenadosViajes con AdrianoMals sense cura : PANTA REI

09 agosto 2008

Fin de la primera parte



Um homem morre e vai para o inferno. Ao chegar lá, ele descobre que há um inferno diferente para cada país e ele decide tentar o menos penoso para passar a sua eternidade.

Ele vai ao inferno alemão e pergunta: O que fazem aqui?

Disseram-lhe:Primeiro põe-te numa cadeira eléctrica por uma hora. Depois põe-te numa cama de pregos por mais uma hora. Por fim o diabo alemão vem com um chicote e chicoteia-te até anoite.

O homem não gosta do que ouve e vai tentar a sua sorte num outro inferno. Ele passa pelo inferno dos EUA, da Russia e muitos mais. Todos eles praticam o mesmo que o inferno Alemão. Mas o que fazer então? Ele continua a andar até que descobre uma grande fila no inferno de Angola. Muito intrigado, ele pergunta o que fazem nesse inferno. Ao que lhe Respondem: Primeiro põe-te numa cadeira eléctrica por uma hora. Depois põe-te numa cama de pregos por mais uma hora. Por fim o diabo Angolano vem com um chicote e chicoteia-te até a noite.

Ai, mais admirado ainda, o homem pergunta: Mas é exactamente o mesmo tratamento que fazem nos outros infernos. Porque razão então a fila aqui é tao grande?

Resposta: 'Porque aqui nunca há electricidade, portanto a cadeira eléctrica não funciona. Os pregos foram encomendados e pagos, mas nunca foram fornecidos, portanto a cama é muito confortável. E o diabo angolano é trabalhador da função pública, por isso vem assina o ponto e depois sai para tratar de assuntos pessoais, portanto nunca está presente para chicotear os mortos...

Hasta pronto familia...
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30 julio 2008

Insomnio


Qué es el insomnio sino la obstinación maníaca de nuestra inteligencia en fabricar pensamientos, razonamientos, silogismos y definiciones que le pertenezcan, qué es sino su negativa de abdicar en favor de la divina estupidez de los ojos cerrados o de la sabia locura de los ensueños?


(...) las almohadas revueltas, las mantas en desorden, evidencias casi obscenas de nuestros encuentros con la nada, pruebas de que cada noche dejamos de ser.


Memorias de Adriano
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28 julio 2008

En Tierra Gaucha: Río Grande do Sul





Absorta en sus pensamientos mientras cebaba su chimarrão, Alejandra no reparó en la lenta aproximación de Martín por su espalda, quien siempre llegaba acompañado por aquel sigilo que caracterizaba todos sus movimientos.

De repente y sin previo aviso un chasquido de carbón incandescente, proveniente del churrasco que Alejandra preparaba para el almuerzo, apagó su grito cuando su cuerpo se erizó al sentir la leve caricia de Martín en su nuca y el roce de aquellos tibios labios en su hombro derecho.

Dejaron que la modorra de la tarde hiciera su trabajo asimilando aquella carne de vacuno gaucha. Se durmieron uno encima del otro y sólo caída la noche salieron de nuevo a caminar por las desiertas calles de Porto Alegre.
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12 julio 2008

32 páginas


32 páginas tiene mi pasaporte.
25 para los sellitos.
Ya con 11 luciendo sus estampitas amontonadas unas encima de las otras.
Aun con 14 para completar la colección.

Atrás quedaron ya las mariposas, por delante vienen las tortugas marinas y así hasta las langostas.
Siguiendo las rutas de migración ahora abandonamos el invierno africano para dirigirnos al invierno sudamericano.
El segundo, dicen, igual de exigente que el invierno mediterráneo.
Volveremos en breve al primero para acabar lo que empezamos cuando llegamos huyendo del verano catalán.

Finalmente, regresaremos de nuevo a este último ya para olvidar al primero.


Y ya con la confusión en el cuerpo nos sentaremos a reposar...
muy brevemente...
para salir hacia otro otoño, diferente.
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27 junio 2008

Tirando del carro

Así andamos por aquí desde hace ya algún tiempo. Las fuerzas empiezan a flaquear y la cuenta atrás acaba de comenzar. Sólo un último esfuerzo para terminar lo que hace ya casi un año empezamos con fuerza y empuje.

Tirando del carro en el país donde nada funciona, ni siquiera nuestros propios coches. Y es que tras más de quince años en los que las ONG y organismos internacionales (léase familia ONU) han sido los cisnes de este lago, ahora todo parece viejo y cansado. Durante los años de conflicto las organizaciones humanitarias tenían el dinero, los medios, la influencia y cierto grado de poder de decisión. Hoy en día son el patito feo de la laguna. Con presupuestos de risa comparados con los de las transnacionales o con los del gobierno. Aunque bueno es matizar que los presupuestos del Estado angoleño serían más que suficientes para levantar a este país en un tiempo récord, aunque eso sí, reformando el actual sistema de “caja negra” (donde cientos de millones de petrodólares provenientes de los contratos de explotación entran pero nunca llegan a salir) y aumentaran las transparencia.

Hace ya algún tiempo que ando un poco cansado de tener que batallar cada pequeña cosa. Harto de ser un blanco en tierra de negros. Harto de ser un blanco ingenuo y recién llegado que paga siete veces más por todo. Sin fuerzas tras negociar hasta la compra de un lápiz. Extenuado de intentar cambiar las reglas del juego una y otra vez, sin éxito. Afligido por los fracasos diarios. Atacado de los nervios por la falta de palabra y compromiso. Insomne por culpa de las prisas, la inútil y estúpida prisa que de todos y de todas partes te presiona; ¿pero aun no se han dado cuenta de que aquí ese artificio no existe? Cuánto difícil es acostumbrarse a esta realidad viniendo de una sociedad donde la prisa y el stress están institucionalizados. Fica caaaaaaalmo meu irmão. Vai dar tudo certo. Depois vamos combinar.

Bienvenida será la tierra de blancos y descoloridos. Adelante los precios abusivos pero iguales para todos. Que vivan los catálogos de precios en el buzón de casa. Que vivan las ofertas del Lidl y del Carrefour. Entre por favor, no tenga miedo Sr. Euribor, terror de las niñas de buena familia del barrio. Pasen y vean mi nuevo loft señores abogados de bancos: acomódense y llévense lo que quieran. Pero cómo que no acepta “mi regalo” señor policía, pero qué clase de fuerza del orden es usted.

Pues aquí seguiremos tirando del carro este último mes, hasta el último día, pero cada vez un poquito más lento. Qué maldito y jodido país este que no sabes lo que tiene pero que te engancha como el caballo. Cuánto surrealismo concentrado dentro de estas fronteras. Cuánta Kizomba, cuánta Cuca y cuánta N’gola. Cuántos buenos amigos que seguirán aquí al pie del cañón, empujando nuestros carros pero con nuevos compañeros. Unos se van y otros vendrán. Ahora empieza el periodo de desintoxicación. Quién sabe cuándo volveré a caer en las redes de esta droga confusionista. No seré la primera víctima de la confusão, ni la última.

A saúde boa irmão? Eu estou minimamente...
Jacarés têm neste rio, pah? Tem, tem
Jinguba tem? Tem, tem
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10 junio 2008

Cape Town







Sólo donde termina el Arco Iris encontrarás un faro que te lleve a buen puerto. Cabo de Buena Esperanza. Cape Town. Sudáfrica
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29 mayo 2008

Ventana a la locura

Cuando Paco picó a mi puerta de madrugada hacía ya un buen rato que las sábanas se me habían pegado. Al salir de la habitación él ya estaba preparado para el gran viaje: su hatillo en una mano y una gallina en la otra. Yo por mi parte iba pertrechado con mis dos maletas y mi mochila. De repente, Paco se puso algo filosófico y me dijo algo que le había oído decir una vez, me explicó, a un Macaco de ciudad:

- Mira R., yo con la mano levantá al pasado le digo adiós y el futuro que vendrá dicen que pende de un hilo y el presente aquí contigo, mano a mano, oye mi hermano disfruta el camino.

Joder con el Paco, menudo sabio estaba hecho. No en vano llevaba más de cuarenta años realizando ese viaje, del pueblo a la gran ciudad. Así que subimos al carro y nos adormecimos. Diez horas más tarde Paquito y un servidor despertamos a un mundo nuevo. El fresco del atardecer había dejado paso a un calor pegajoso y pesado. Entrábamos en la ciudad.

Luanda es agresiva y hostil, no se puede confiar en ella ni por un minuto. Se podría llegar a pensar que es como cualquier otra gran ciudad, pero bastan unos pocos minutos en ella para descartar esa posibilidad. La improvisación te sorprende a cada momento. El ingenio llega a niveles a veces incluso divertidos, cualquier cosa es susceptible de ser vendida de la forma más original e inverosímil. El caos reina en todas y cada una de sus esquinas y rincones, en avenidas y callejones, se adueña de sus habitantes y se transmite como un virus. Luanda te chupa la energía poco a poco, en una carrera de fondo que está segura de acabar ganando sea cual sea la resistencia de su oponente. Todo cuesta ocho veces más en esta ciudad: más esfuerzo, más tiempo y más dinero.

En esta ciudad uno se pasa un tercio de su vida dentro de un coche. Este monstruo simplemente no es capaz de absorber todos los vehículos que se hacinan en absolutamente todos sus espacios libres. El río de coches te arrastra y no te queda otra opción que dejarte llevar a donde quiera. Las calles se bloquean desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche, de lunes a domingo. Lo peor de todo es que no hay forma de luchar contra ello. Un error de cálculo al elegir un callejón o un despiste al cambiar de carril puede dejarte inmovilizado por más de cuarenta y cinco minutos. Entre los coches parados se deslizan escaparates móviles con todo tipo de quincalla. Uno puede comprar desde una lámpara hasta una cámara de fotos en menos de cinco segundos y, lo mejor de todo, sin levantarse de su asiento. De repente y sin avisar cualquier senda puede convertirse en autopista. Detrás del primer atrevido se van a arremolinar cientos de carros buscando la misma salida. Al final, no hay escapatoria. Sólo queda acomodarse y dejarse sorprender una y otra vez por el inabarcable descontrol.

Entre barrios de zinc y Uralita, entre murallas de chatarra y escombros se levantan colosos diseñados por japoneses y construidos por chinos. Los rascacielos, sedes de la legión de transnacionales que operan en el país, se construyen en tiempo récord. Mientras estos suben como la espuma otros caen estrepitosamente, se derrumban con todos sus moradores dentro. Armazones de hormigón, que debían de haberse convertido en estandartes del afro estalinismo de los ochenta y que nunca se llegaron a terminar, cobijan a familias enteras en lofts improvisados hasta que la humedad pudre sus cimientos y los abate. Mientras que de los primeros salen bólidos en dirección a sus mansiones de lujo, levantadas junto a las chabolas, de los segundos salen miles de buscavidas. La brecha entre ricos y pobres ha alcanzado ya niveles nauseabundos. La pobreza se vuelve ofensiva en un lugar donde el dinero ha dejado de tener valor para una pequeña pero floreciente parte de su población. Frente a una ciudad que enseña sus colmillos, unos pocos se aíslan cada vez más en complejos residenciales y carros insonorizados, en fiestas con caviar y restaurantes con champagne francés. Otros muchos idean la forma de despertar de esta pesadilla. El dinero que les llueve a mansalva de diamantíferas y petroleras convierte a estos pocos en escaparates ambulantes. El resto sólo asiste al espectáculo y hace lo que puede para romper el cristal. Pero es un cristal blindado. Va a costar mucho de resquebrajar. Ahora bien, el día que consigan abrirle brecha algo gordo va a pasar. Quizá salgan a relucir las más de dos millones de armas que se calcula aun existen en el país y entonces alguien se rebele contra esta vergüenza.

Y en medio de todo este embrollo, ahí estaba él, el espléndido Don Paco Martínez Soria, preguntando a un vendedor de bombillas dónde podía encontrar la casa de su tía Engracia. Cómo decirle que esta Luanda de hoy nada tiene que ver con su Madrid de los cincuenta. Pobre Paco, en esta ciudad el timo de la estampita es un chiste comparado con los asaltos golpe de Kalashnikov a plena luz del día. Este Paco no está hecho para esta ciudad. Yo tampoco, pero dos meses pasan rápido.
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13 mayo 2008

Tres Sombras

Me sabía perseguido. Acelerando el paso intentaba despistar a ese aliento que ya sentía en mi pescuezo. Cuando decidí girarme, decidido a enfrentarlas y arriesgándome con ello a sufrir una de aquellas casualidades en la vida que cambian tu destino para siempre.

Allí estaban las tres. Sibilinas. Erguidas. Mirándome con sus rostros difuminados. Enhiestas ante mí, orgullosas de su sigilo y destreza.

Las tres sombras me penetraban, sus miradas escrutadoras intentaban averiguar algo de mí. Amenazantes. Se podría decir que su ambición no era para nada despreciable.

La noche era cerrada en Huambo. El silencio y unas pequeñas farolas en la calle llena de agujeros me habían desviado de mi camino, abocándome a un remolino de pensamientos. De esos que sólo se muestran cuando bien entrada la noche.

Pues cavilando iba acordándome yo de las cloacas de Barcelona. Aquel laberinto de galerías hedientas a las que bajabas de pequeño con alguna de aquellas excursiones del colegio, la utilidad de las cuales, por entonces, no alcanzabas a comprender.

Esas tumbas de excrementos, de ratas, de cadáveres en descomposición de gatos y perros, de todos aquellos desperdicios que la vecina del quinto –la del club de golf- hace desaparecer mágicamente por el retrete. ¡Zas! Magia postmoderna. Frías y húmedas. Mohosas y resbaladizas. Qué poco acogedoras son. Iba pensando yo.

Mientras sorteaba los agujeros sembrados en aquel suelo me invadía una especie de calor. Un cálido bienestar que olía a guayaba me envolvía. Caí entonces en la cuenta de que ese candor nacía bajo mis pies. Intenté imaginar el subsuelo que allí mismo yacía. Ahora comprendía. Ahí estaba la gran diferencia. En aquel subsuelo no existían aquellas cloacas que se habían grabado de pequeño en mi memoria. Era una superficie compacta pero blanda. Era roja y anegrada a la vez. Exigente. Sin embargo, te invitaba amablemente a acurrucarte en ella. A quedarte. Instalarte. Aquella tierra no aceptaba que la violaran con perforadoras grandes como camiones. Defendía su integridad a capa y espada. Gustaba de la sinceridad de las personas a las que sustentaba. Todos sus desperdicios corrían libres. Sin tapujos nombraban a sus creadores. Señalaban con el dedo a los culpables. Aquella madre no aceptaba la mentira.

De aquella contradicción geológica brotó en mí un sentimiento de grandísima estupidez. Me sentía ridículo, y sentía el ridículo de todos aquellos que como yo se deslizan sobre una tierra metálica. De aquellos que blindan con rejas unas líneas imaginarias convertidas en estandartes del bienestar de unos pocos, y que aspira a ser universal. Con una patada en el culo creen estar echando de sus dominios a unos ignorantes oportunistas y rapiñas. ¿Pero de verdad piensan que alguien quiere de verdad abandonar una tierra generosa y acogedora, maternal pero autoritaria, por otra fría y calculadora, profética pero aniquiladora?

Esa que abre sus puertas al reptil de más arriba, esa que le ofrece todo lo que tiene al recién llegado sin pedirle nada a cambio es maltratada y humillada. Cuándo abriremos los ojos. Cuándo estaremos preparados para ser sinceros y aceptar la dura realidad de que el ciclo natural se repite, pero ahora con los papeles cambiados. Esas líneas que una vez se marcaron son tan imaginarias como las tres sombras, que se desvanecieron tan pronto como emboqué la oscura calle que muere en casa.
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23 abril 2008

TECNOCASA

Hoy no vamos a hablar sobre niños desnutridos, hambrunas o fracaso de los cultivos; ni siquiera hablaremos de violación de los Derechos Humanos, de Desarrollo o de Ayuda Humanitaria. No hablaremos sobre eso que tanto nos gusta explicar a nosotros, los vividores de la coo-peración y que tanto os gusta a escuchar a vosotros, vividores de la deses-peración y el stress urbanita.

Hoy nos divertiremos con la locura de un país a orillas del Atlántico, hoy seremos nosotros los moradores de la deses-peración, seremos nosotros –al menos por una vez- los asesinos de mitos, los violadores de estereotipos, y no los ingenieros genéticos del nuevo amanecer del Sur.

Mira tú por dónde que sin haber enviado yo mi currículo me llamaron para un nuevo puesto en la organización. Hoy –me dijeron- nos ha dado por cerrar dos bases y abrir una nueva. Hoy –me adelantaron- es tu último día en Lubango, te trasladas para Huambo, al corazón del país. Hoy –me revelaron finalmente- eres el nuevo delegado de Tecnocasa en Angola. Dicho y hecho, objetivo: encontrar una casa en Huambo para los expatriados. Tiempo: un mes. Prioridad: Alta. Incentivos por objetivos alcanzados: una palmadita en el hombro.

Así fue que me vestí con mis mejores galas para salir “al terreno”. Tras casi un mes de batalla, ya no me quedan uñas en los dedos ni saldo en el móvil. A día de hoy, tengo unas veinte personas que me deberían haber llamado “en 30 minutos”. Al menos eso es lo que me aseguraron a la octava vez de haberlos llamado para preguntarles que por qué aun no me habían llamado hacía ya dos horas, tal y como me habían asegurado dos hora y media antes. Hoy tengo una agenda que bien podría ser la del empleado del mes de Tecnocasa. Si mi “chorboagenda” fuera tan sólo la mitad que ésta ya sería como Pedro Ruíz.

En una ciudad destruida por la guerra; en una ciudad postrada de rodillas cinco años atrás; en una ciudad que fue la joya de la corona del imperio portugués, pero que nunca fue oficialmente ascendida a esa categoría; en una ciudad invadida por los chinos; en una ciudad que se está convirtiendo en la válvula de escape del infierno de Luanda; en una ciudad así, tan sólo puedes conseguir un alquiler por el módico precio de 1.500 dólares al mes. Ah, siempre y cuando pagando por adelantado un año, o seis meses si el dueño está de buen humor. La rehabilitación del antro corre a cuenta del nuevo inquilino, claro. Así es que gástate unos seis mil u ocho mil dólares más en reconstruirla, más que rehabilitarla, y listo.

Negocia durante tres días los detalles hasta llegar a un acuerdo. Llévale el contrato al dueño para que lo lea y lo firme. Llega dos días después de lo previsto a Huambo, porque te quedaste tirado con el coche en medio de la nada y tuviste que esperar a que llegara la ansiada pieza, y digiere que “justo ayer” llegó “su tío” de Luanda –que ahora te enteras que era el dueño de la casa- y se la alquiló a unos putos chinos. Dile que él ya tenía un compromiso contigo, y espera su llamada porque va a hablar con “su tío”, dice, y en una hora se pasan por la oficina los dos. Espéralos. Espera una llamada que nunca llega. Espera en vano. La casa voló y una semana de tu vida con ella y los chinos.

Ahora extrapola esta pequeña anécdota a todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana en este país y te darás cuenta de por qué es tan difícil trabajar aquí, de por qué la mayoría de ONG han cerrado y de por qué la mayoría de expatriados no aguanta más de un año. Es entonces cuando uno se da cuenta de que al final quien más gana es la compañía de teléfonos, de que son los inversores extranjeros los que están viciándolo todo cuando llegan con su chequera en una mano y 200 trabajadores a los que alojar en la otra.

Sólo un dato: se calcula que en Angola el 1% de la población es, atención, MULTImillonaria –en millones de dólares-. Si la población es de unos 16 millones y medio de personas, voilà, 165.000 MULTImillonarios. Partiendo de esta base uno ya se puede imaginar la cantidad de millonarios que debe haber sueltos por estos lares. Hagamos el cálculo: en la capital Luanda se paga por una casa -sin ser nada del otro mundo- una media de 4.000 dólares al mes, así tal cual, por un adosadito o apartamentito normales y corrientes. Y hay casas de hasta 10.000 dólares al mes, y no es que sean el Hillton, precisamente. Calculemos: 4.000 dólares por doce meses (y esos ya se los embolsan el primer día, por adelantado) hacen un total de 48.000 dólares. En diez añitos, ya tienes el medio millón. Imagínate si has heredado de “tu tío” un par de casitas de aquellas que quedaron vacías cuando los portugueses se largaron en el 75. Pues joder, que en diez años ya eres millonario. Un último dato: cada millonario, o aspirante a ello, tiene un Hummer. Ahora ya te puedes hacer una idea de lo que es ir por las calles de Luanda. Y si no te la haces, no te culpo, porque la verdad es que es impensable poder caminar por las calles de Luanda, a no ser que no quieras ver salir el sol mañana.

Angola ha sido bautizada con el nombre de “la Dubai de África”. Luanda, su capital, está considerada por las NN.UU. como la segunda ciudad más cara del mundo para vivir después de Tokio. ¡¡Te cagas!!

Ahora me río yo de la plataforma “No tendrás una casa en tu puta vida”. ¡Ja! Aficionados.
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17 marzo 2008

Al César lo que es del César

La tensión hubiese podido cortarse con un cuchillo aquella tarde de sábado del quince de marzo. Las miradas fijas en el suelo, los rostros de concentración, las expresiones casi dramáticas y el silencio sepulcral delataban un nerviosismo inquietante entre la tropa, por otra parte normal antes de cualquier batalla. Finalmente, llegamos al enclave a la hora señalada. Bajamos todos de los carros y nos reunimos con carácter urgente. Mientras nos repetíamos que todo iba a ir bien, que no pasaba nada porque estaba todo controlado, que estábamos allí para cumplir nuestro objetivo y volver a casa sanos y salvos, distinguimos en el horizonte el despliegue del enemigo. Descendieron la ladera como una manada de hienas, profiriendo gritos de guerra y lanzando provocaciones en las que nosotros no pensábamos caer.

Faltaban diez minutos para la hora marcada. El lugar, el campo de deportes de Chicomba. El objetivo, humillar al enemigo y dejar lo más alto posible nuestro honor. Los medios, una pelota paquistaní –por supuesto, child free labour made-, dos palos y una cinta de tela haciendo las veces de portería a la africana y un campo atravesado por un camino de cabras y con más agujeros que en las arcas del ayuntamiento de Marbella. Los testigos, medio pueblo con un grado de alcoholemia más que perjudicial. Los ejércitos, la 8ª Legión Logística y la 4ª Columna de Seguridad Alimentaria (del proyecto PEARSA).

Tras las instrucciones de última hora, el pitido dio inicio a una batalla encarnizada que debiera durar noventa minutos. La cosa comenzó bien, nuestra defensa –formada por la vieja guardia del departamento logístico- repelía las embestidas de una infantería casi imberbe reclutada de entre la pacífica población de beneficiarios del proyecto PEARSA –hay que decir que de forma ilegal, de acuerdo a la jus in bello-. Tras la emboscada inicial del enemigo, nuestra caballería –la joya de nuestro ejército, formada por nuestros soldados más jóvenes, fuertes y sanos- conseguía contraatacar y tomar a su retaguardia por sorpresa. Fue una verdadera carnicería, pero un ataque por el flanco derecho de sus arqueros hizo que nuestra embestida se estrellase contra el poste de la portería contraria por dos veces. Sin embargo, un error de uno de nuestros comandantes que dejó sin cobertura a nuestros lanceros en la retaguardia provocó que el enemigo abriera brecha con su infantería y marcara un gol más que dudoso. Tras ese duro golpe, enviamos al grueso de la tropa al ataque. El desgaste que sufrimos fue demasiado alto. No pudimos romper sus defensas, pero conseguimos que no pudieran salir de su campo, conseguimos neutralizarlos.

Tras un receso de quince minutos para recuperar a la tropa, reiniciamos las escaramuzas. Nuestras líneas de avituallamiento habían sido cortadas por el enemigo. Nuestros soldados, ya castigados por el duro invierno angoleño y por años de batalla y malos vicios, comenzaron a enfermar y a perder empuje. Nuestro ejército no estaba acostumbrado a este terreno tan pedregoso e irregular. Eso dio alas a su infantería, rejuvenecida y acostumbrada a luchar en ese tipo de campos. A pesar de la desilusión reinante entre la soldadesca conseguí enviar a un emisario hasta la retaguardia, aislada del grueso de la tropa, para que enviaran por una ruta secreta el avituallamiento tan necesario para nuestros hombres. Así, un pequeño pelotón cargado de víveres consiguió revitalizar a la vieja guardia. Decidimos descuidar deliberadamente nuestra defensa, ya que no conseguíamos parar sus continuas y cada vez más peligrosas embestidas, para lanzarnos a una lucha de guerrillas. Yo mismo opté por permanecer junto a la vieja guardia, defendiendo nuestra portería hasta la muerte. A pesar de todos nuestros esfuerzos, en un descuido nos vimos sorprendidos por el flanco derecho y en una internada consiguieron batirme por segunda vez. Estábamos heridos de muerte, pero lucharíamos hasta el final. El orgullo de la 8ª Legión Logística fue suficiente para machacar a la infantería contraria. Una y otra vez nuestros arqueros, que cubrían a la vieja guardia desde el flanco izquierdo, causaron bajas innumerables entre su ejército. Fue justo en ese momento en el que una emboscada planeada brillantemente por nuestra avanzadilla guerrillera tomó por sorpresa al guardameta contrario y consiguió rodearlo. El balón lo atravesó, entrándole por debajo de las piernas e hiriéndolo mortalmente, lo que nos dejó más cerca de la victoria.

El enemigo se desmoronaba por momentos. Su maltrecha moral se estaba convirtiendo en su peor enemigo, su repliegue era cuestión de tiempo. Y así fue, montaron barricadas, se acantonaron y se prepararon para aguantar nuestro asedio. Cuando ya los teníamos al borde de la rendición, nuestro césar nos obligó a la retirada. Había firmado un armisticio con el rey de los bárbaros. A la señal del pitido final el enemigo explotó en júbilo, pues habían ganado una guerra que ya empezaban a dar por perdida.

Pero oíd bien lo que os digo bárbaros ignorantes: disfrutad ahora de vuestra gloria pasajera, porque dentro de poco, muy poco, vais a probar el sabor de la derrota. Aguardad a la batalla en nuestro terreno, sólo esperad a que la inocente población civil de la que os habéis nutrido esta vez deserte y se esconda en las montañas para que no podáis llevaros a sus hijos. Esperad hasta entonces y reíd después, si es que aun podéis.

Tras la retirada forzada y ya de vuelta en la base de Chicomba, nuestro césar y el rey bárbaro decidieron preparar un festín en honor a la recién estrenada paz. Se mató un cabrito para honrar a los dioses y se asó al estilo argentino, se roció con litros de cerveza y se amenizó con música de ambos imperios. La kizomba y la tarrazinha sellaron viejas heridas de guerra. La noche acabó en bacanal y sólo terminó cuando la fuente se secó y la cerveza dejó de correr. Ya a altas horas de la madrugada, hermanados los dos ejércitos nos emplazamos para una revancha en igualdad de condiciones y acabamos dormidos unos encima de los otros, como no podía acabar de otra forma una bacanal romana. Y es que al final siempre hay que darle al césar lo que es del césar.
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14 marzo 2008

El Príncipe del Cacao

Olores a fruta fresca despiertan de nuevo el sentido aletargado durante algún tiempo. Los olores metálicos acantonados en mi cabeza pierden la batalla frente a la avalancha de una brisa que los arrolla y que penetra limpiándolo todo, purificando el cuerpo y el alma.

El trópico te atrapa nada más poner un pie en esas islas con picos de 1.800 metros. La humedad tropical te ensarta como si una brocheta de frutas fuera. Te envuelve y te penetra su aire pesado, ese aire que te agobia desde el primer momento por la imposibilidad de distinguir los cientos de olores que se entremezclan en él y que se lanzan hacia ti en continuas oleadas de brisa renovadora.

São Tomé y Príncipe es bálsamo de vida, semilla fértil explotada por la metrópoli sedienta de verdes, plateados y azules; São Tomé es remanso de paz y retiro para la tranquilidad; São Tomé es vientre de tortugas marinas; São Tomé es alegría ecuatorial, sonrisa oceánica y gentileza isleña; São Tomé es Kizomba –sí, también- y tierra de acogida de refugiados de antiguas guerras.

Uno no se puede descuidar ni por un momento en un lugar como éste: de no estar atento le podría llegar a germinar en la cabeza una bananera. De no prestar atención, a la bananera se le podría sumar una pequeña plantación de cacao en el bolsillo trasero del pantalón. A los más despistados hasta un bosque de papaya en las comisuras de los dedos del pie. Al intentar esquivar un coco, algún que otro infeliz podría pisar por accidente un nido de piñas y perder el pie, una vez inmovilizado por el peso de centenares de estas frutas arrastrándose tras de sí.

Sin embargo y a pesar de todo, en esta isla donde el hambre se mata robándole al árbol su retoño y pidiéndole prestado al mar unos cuantos rojos y otros tantos plateados para la cena el equilibrio es una línea tan fina como la del ecuador que parte en dos estos parajes. En la fragilidad de su ecosistema reside su mayor reto. Autosostenibilidad, le llaman en el lenguaje moderno. Bandera de la legión de ONG y organismos internacionales afincados en esta república sin rey pero con príncipe. Ecología y sostenibilidad es toda la herencia del joven príncipe del cacao.

El fin justifica los medios dijo un antiguo príncipe. Para nuestro príncipe del cacao los medios para conservar su reino escapan de su mano. Su cacao dejó hace mucho tiempo de pertenecerle. Ahora sólo puede defender sus dominios a golpe de agroecología y chocolate para turistas. El resto hay que rezárselo a los santos, pero para ello ya está el amigo Tomé. Así pues, encomendémonos a los Santos y a los Príncipes para poder volver alguna vez al corazón del ecuador y encontrarlo tal y como lo dejamos.
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29 febrero 2008

El Juicio



Y llegó la maldita polución, el calor inmundo, el aire irrespirable, el tráfico infernal, los eternos "engarrafamentos", el ruido metálico de motor, la pobreza agria, la desigualdad ofensiva y los precios exorbitantes y abusivos. Finalmente llegó Luanda, y se metió en cada poro de mi piel, en cada alvéolo de mis pulmones, se acantonó allí, al fondo de mis trompas de Eustaquio, en los descosidos de mis bolsillos, me pasó por encima como un tren de carga, como un petrolero lleno hasta los topes arrasando mi pequeña Zodiac a remos.

El juicio pendía sobre mí desde hacía una semana. La pena: dos semanas en la capital para sustituir al Coordinador Logístico que iba de vacaciones.

Cómo se declara el acusado? Inocente, Su Señoría. De acuerdo. El juicio queda visto para sentencia. Diez minutos interminables esperando el dictamen del Supremo. Finalmente, el aterrador momento. Levántese el acusado para oír el veredicto. Se encuentra al acusado... ¡culpable de los cargos!! No ha lugar para fianzas, no hay derecho a redención, el reo debe cumplir la pena íntegramente, dos semanas de trabajos forzados en la prisión de asfalto y hormigón de Luanda. Un gritó salió del fondo de mis entrañas y atravesó los ventanales abiertos del Juzgado de instancia No. 12 de Lubango rompiendo las lunetas de cuatro coches patrulla que se encontraban aparcados al frente.

Así, me dispuse a pasar mi condena lo mejor posible. Parecía que iba a salirme con la mía: concierto el viernes noche, playita el sábado y descanso el domingo. El reo se las prometía muy felices, hasta la tarde del domingo. Ahí la prisión me castigó con la peor de sus tretas: sus hordas de virus. Unas fiebres sutiles como aperitivo para acabar la semana y una faringitis de caballo para comenzar la siguiente. En la prisión inmunda si uno se debilita está perdido, el resto de presos se le tiran encima como perros rabiosos en busca de carnaza. Bastó un virus para quitarme el sueño durante cinco días, un virus para quitarme el hambre durante una semana, un virus para juntarlos a todos, un virus para dominarlos a todos. Bastó un sólo virus espía para abrirle paso a las hordas asesinas que sembraron alguna que otra enfermedad más a su paso. Seis meses de imbatibilidad cayeron estrepitosamente como la estatua de Saddam a la llegada de los yanquis a Bagdad, como Gulliver tropezando con las ridículas cuerdas tendidas por aquellos diminutos seres. La inmunidad que las comidas de Tío Jamba nos habían dado dejó paso a la carcoma de la bazofia del rancho de la prisión. Esa carcoma que debilitaba aun más mi cuerpo: sopas, papillas y purés, todo licuado para poder sortear las barricadas montadas a lo largo y ancho de mi garganta.

Finalmente conseguí acortar mi condena en tres días. Tuve que coger el Expresso de medianoche, me subí y no miré atrás hasta ya estar de vuelta en mi querida Lubango. Tres Kg. menos, cuatro días más de reposo absoluto y un cuerpo debilitado ha sido el saldo final de mi presidio.

Afortunadamente, mañana vuelo de nuevo, lejos, muy lejos. Una semana de vacaciones en São Tomé y Príncipe, una semana de caipirinhas, playa, agua caliente y luz todo el día. Una semana para recuperar al cuerpo y remendar el alma. Sólo un día en Luanda, sólo un día de paso por la ciudad inmunda dirección al paraíso. Más vale recuperar rápido, a mi vuelta me espera otra dura batalla. Me mudo de ciudad, dejo mi querida Lubango para trasladarme a Huambo, la antigua línea de frente durante la guerra. Nueva casa, nueva vida, nuevos retos.
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14 febrero 2008

Feliz Día de los Enajenados






Una de Cal...








Y una de arena...



A veces escribo cartas para no sentirme atado,
para no aferrarme a remilgos que yo quisiera abolidos
de mi vida. De mi vida.
Y pinto de colores los sobres. En el remite soy un enigma.
Espero siempre una respuesta para sentrime querido
como los niños chicos. Como los niños chicos.
Mensajes que llegaran, papeles envolviendo una piedra.
Mensajes de cariño que rompìeran el cristal de mi cuarto.
Quién pudiese ingerir un fármaco precioso...,
Convertir en realidad todos esos sueños.
Cartas que me dijesen cosas bonitas
como que vendrás a maullarme de contraseña en la madrugada
bajo mi ventana. Bajo mi ventana.
Que corriéramos campo a través, a la luz de los fulgores del alba.
Chispas blancas sobre el rojo violento. Y que hiciésemos cabañas
en los árboles. En los árboles.
Mensajes que llegaran, papeles envolviendo una piedra.
Mensajes de cariño que rompieran el cristal de mi cuarto.
Quién pudiese ingerir un fármaco precioso...
Convertir en realidad todos esos sueños.


El Último de la Fila


Inigualable Quimi; impresionante García. Enajenación transitoria ochentera, catarsi monumental.
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30 enero 2008

Viajes con Adriano

M. Yourcenar escribe:
Una de las mejores formas de recrear el pensamiento de un hombre: reconstruir su biblioteca.

El gran periodista R. Kapuscinski solía viajar con su ejemplar de la Historia de Heródoto, el primer gran historiador clásico -por supuesto, griego- debajo del brazo.

Yo por mi parte, presa de la admiración por este gran personaje, empecé uno de mis viajes al África con mi ejemplar de Viajes con Heródoto en mi maleta, la última obra publicada del propio Kapuscinski antes de morir.

Me gustaba la idea que nos proponía K. de poder transportarse a la antigua Grecia en medio del estallido de la guerra de independencia en Kenia. Me atraía la posibilidad de poder formar parte de la avanzadilla griega enviada a la conquista de los territorios persas mientras se producía la revolución iraní de Jomeini tras la caída del Sha, dos milenios y medio después. Me fascinaba la predisposición de K. para partir en cualquier momento hacia un viaje de dos mil quinientos años de la mano de Heródoto. Quedaba perplejo ante la facilidad de abstraerse de un entorno amenazante y asfixiante en plena Somalia para asistir a la batalla de las Termópilas, o a la toma de Atenas por el ejército de Jerjes.

Con Viajes con Heródoto K. superponía realidades y tiempos no tan diferentes entre sí, ni tan alejados.

Ambos son verdaderos libros de viajes, con personajes y viajeros de verdad. Porque viajar no sólo significa ir de un sitio al otro. Viajar se trata de investigar, de intentar aprehender la cultura, vivirla, de frustrase por la imposibilidad de saltar el muro de la incomprensión y de la incomunicación, darse de cabeza contra él hasta resquebrajarlo, desesperarse al darse cuenta de que uno sólo habla con sombras, de que la realidad aun queda muy lejos de donde nos encontramos –justo a nuestra espalda-, de que se necesita toda una vida para poder comprender al otro. Viajar se trata de ser consciente de nuestras limitaciones a la vez que de nuestras semejanzas con el otro.

Porque los libros de viajes no son esa mierda de despojos de 400 páginas paridos como churros a lo Javier Reverte y sus sueños de África. Viajeros y libros de viajes hay de muchos tipos, pero Heródoto y Kapuscinski eran tan parecidos como auténticos.

Sin ser consciente de ello, yo tuve mi propio Heródoto desde hace once años. Ahora que me paro a pensarlo con detenimiento me doy cuenta de que esa inquietud por lo desconocido que dormitaba en mí nació por aquel entonces y sobrevivió enterrada durante diez años. Iba yo a segundo de bachillerato cuando en la clase de filosofía Juanjo nos obligaba a pasear durante una hora a la semana por las salas del palacio imperial en Roma; nos invitaba a conocer la Alejandría egipcia, a unirnos a las largas y duras campañas militares contra los bárbaros allá en las provincias limítrofes del imperio; nos empujaba a dialogar con los tribunos, a asistir a las interminables sesiones del Senado y a enviar órdenes de suicidio a senadores sediciosos.

Memorias de Adriano de M. Yourcenar es el resumen de la vida de un gran hombre que antes que nada tuvo que convertirse en viajero para poder legar un imperio tal y como lo había concebido durante sus largas noches consagradas al insomnio. Como Adriano le escribía a su futuro sucesor Marco Aurelio “a lo largo de veinte años de poder, pasé doce sin domicilio fijo”. A través de Adriano, y tras tres intensas lecturas en estos últimos diez años –además de aquella primera que se alargó durante todo un curso escolar- he podido construir una imagen del viajero que querría ser, pero al que por desgracia intuyo nunca lograré parecerme. Tal y como Adriano le explicaba a Marco:

Pocos hombres aman durante mucho tiempo los viajes, esa ruptura perpetua de los hábitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios. Pero yo tendía a no tener ningún prejuicio y el mínimo de hábitos.

Y es que es muy duro vivir sin las largas sesiones de Play Station purgantes para el alma, o sin la última copa en el Kentucky, incluso sin el insuflo de amistad de una noche de jueves en la Bauma, y no digamos ya sin los paseos en bicicleta de madrugada, volviendo a casa por la Gran Vía con el aire fresquito acariciando mi rostro algo castigado por unas copas de más. Qué decir de esos paseos dominicales en bicicleta con mi roomie hasta casi Mataró, dibujando el perfil del antiguo camino de ronda romano; o la clara y las olivitas antes de la comida del sábado; unos boquerones en vinagre; un solomillo de pato con medallones de foie...

Que nadie se engañe, que el emperador dormía entre sábanas de seda y su amado Antínoo le preparaba un baño de agua caliente cada noche aun estando en plena campaña militar en Palestina. Y es que precisamente por eso el gran Adriano es mi Heródoto. Los estados del alma hay que inducirlos a cada momento y en ello nuestros héroes juegan un papel crucial. Yo ya elegí al mío: tan equilibrado y coherente como desequilibrado y contradictorio pueda ser yo.

Aquel vetusto y desgajado ejemplar traducido por Julio Cortázar que había sido leído ya cuatro años antes por mi hermana mayor y que luego heredé yo por aquello de economizar, se coló en mi maleta para acabar ganándose el derecho inalienable y perpetuo a seguirme por dondequiera que vaya, si es que finalmente acabo yendo a algún sitio.
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24 enero 2008

Mals sense cura



Insonmi, diarrea.

El vent que m’arrenca les pintures,
la calor
i les hores d’avorriment mortal.

I de sobte,

com un llamp,

una imatge,

una olor,

un no res recorre el meu cos,

procurant-me una felicitat absoluta mai coneguda,

durant un instant.


És el mal d’Africa


Miquel Barceló
Segu, Mali
6.XI.94

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