El ProcesoAngola... en HDRSin ganas de escribirAsian ConnectionLostAllá vamos, de nuevoFin de la primera parte : PANTA REI

08 enero 2009

El Proceso


La cita era en la Dirección de Lubango a las nueve, en la puerta un policía con cara de pocos amigos repartía documentos a la muchedumbre apelotonada. Conseguí bloquear la oleada de usuarios y encarar al policía. Bom dia chefe, eu vinha a apresentar o meu Proceso. Vai então para aquele predio lá na frente e pergunta ao meu colega sobre o Proceso. Afortunadamente ya había sido advertido antes sobre los intentos de despiste de los funcionarios angoleños, así que mi objetivo seguía siendo claro: el Edificio de la Dirección, ningún otro. Sin embargo, después de unos cuantos empujones, de coladas de unos y de otros a derecha e a izquierda, mi muralla humana cedió y dejó paso a la ola humana a la procura de sus documentos.

Por acaso había otra puerta de entrada al Edificio, totalmente libre, sin policía ni nadie vigilante –el doble acceso inutilizaba la férrea seguridad del policía apostado en la otra puerta, un sinsentido más en aquel cuchitril que albergaba a la Dirección-, por la que me colé como una culebra. Mi misión, llegar al primer piso y preguntar por la señora Paula, la jefa de todo el tinglado que habría de arreglarme todo el papeleo y dejar listo para sentencia mi Proceso. Entre empujones y sorteando ladrillos y escombros –pues parecía que el cuchitril estaba siendo rehabilitado, que buena falta le hacía- logré acceder al primer piso.

El desánimo cundió en mí cuando me informaron de que la señora Paula ya no trabajaba más en la Dirección. Había sido trasladada a otra sucursal. Mi Proceso, por aquel entonces, corría serio peligro. Eché un vistazo a mi alrededor, tres despachos medio improvisados y separados con tablas de madera pintadas de un marrón oscuro de mal gusto era todo lo que la Dirección ofrecía al apretujado usuario. Tras una de las mamparas -apuntalada con una tabla para soportar el embiste de los sudados usuarios- cuatro policías de tránsito y dos secretarias se apresuraban a fabricar fardos con documentos que luego amontonaban en un ya de por sí saturado despacho. A mi derecha se podía ver lo que parecía uno de los futuros despachos de la Dirección, un amplio y luminoso salón vacío y aun manchado por salpicaduras de cemento, sin pintar y con el suelo por pulir. Parecía que la Dirección se preparaba para vivir mejores tiempos, aunque desafortunadamente mi Proceso no iba a verlos llegar. Habría de conformarme con que pasara a formar parte de una de las altas y amarillentas columnas de papel que tapaban la vidriera del despacho –en realidad, lo que quedaba de ella, ya que era una presunción lo de que en otros tiempos hubo algo parecido a una vidriera que debió de conferir a aquella sala un aspecto brillante y diáfano-, arriesgándome a que declararan mi Proceso como extraviado y tener que iniciar nuevamente todo el trámite.

Conseguí meter mi cabeza por uno de los agujeros de la mampara y pedir a una de las secretarias que por favor me diera el modelo de formulario para poder presentar mi Proceso. A pesar de que los afilados cantos del cristal eran un peligro –el agujero era como una guillotina cerrada alrededor de mi cuello- y de estar jugándome la integridad física, la mujer levantó con desgana la cabeza de su montaña de papeles y me susurró algo que no logré entender. Al tercer intento por hacerse oír –y no porque hiciera el mínimo esfuerzo por gritar más sino porque justo en ese instante la máquina de escribir, el único indicio en toda la Dirección de la modernización que estaba sufriendo aquella burocracia, dio un respiro a los ajetreados funcionarios y a los apretujados usuarios- me dio una hoja donde especificaba toda la documentación a presentar para el Proceso. O senhor faç favor de me fazer tres fotocopias desta folha e de me trazer quando acabar. ¿Había oído bien? Aquella antipática mujer no me pedía, me exigía, hacerle tres copias de la hoja informativa si pretendía querer saber la documentación necesaria para mi Proceso. Abandoné la Dirección y me dirigí a recopilar todos los documentos. Hice las tres fotocopias solicitadas y dos horas después volví al edifico. Nuevamente, me colé por la puerta libre y accedí al primer piso. De nuevo mi cabeza metida en el agujero de la mampara y mi brazo por otro resquicio le hacía llegar el papeleo junto a las solicitadas fotocopias. Mi humilde contribución a la Dirección fue recompensada con una simple pero valiosísima información. O senhor faç favor de se dirigir ao Comando Municipal da Polícia para apresentar o seu Proceso. De nada, de nada, no se merecen hombre, con mucho gusto, siempre dispuesto a ayudar a la Dirección, pensé casi a ras de lengua. Me dispuse a abandonar el Edificio enfadado, di media vuelta y por el rabillo del ojo vi caer en la mesa de la mujer un billete de cien dólares y la consiguiente sonrisa de la que hasta entonces parecía una mujer amargada. La gasosa –como supe tiempo después que le llamaban a ese tipo de obsequio los funcionarios de la Dirección- la dejó caer otro usuario que también luchaba por agilizar su Proceso. Ante tales artimañas el inocente –o pobre- usuario corría el peligro de pasar a engrosar los cimientos de las columnatas de celulosa de estilo dórico de la Dirección.

Tras pagar religiosamente los servicios de la burocracia estatal, en el Comando Municipal de la Policía dieron entrada a mi Proceso y me tranquilizaron asegurándome que ellos mismos lo llevarían a la Dirección, momento a partir del cual podría pasar a recoger mi Documento Definitivo D-13B, con lo que el Proceso se daría por finalizado. Por el momento tenía que pasar, de nuevo, por el Edificio a recoger mi Documento Provisional P-13B. Recorrí el mismo camino, una vez más, hasta la ya más contenta señora del primer piso. Esta me mandó al patio trasero del Edificio a recoger el Documento Provisional. El cuchitril del patio trasero era realmente nauseabundo. Para llegar a él uno tenía que salir a la calle y entrar por un callejón lateral que rodeaba el Edificio hasta desembocar en un patio lleno de inmundicia en el que desaguaban las letrinas de las casas circundantes. Para colmo cuando salí del Edificio había comenzado ya a llover a mares, por lo que el callejón se convirtió en un río de aguas fecales negruzcas y malolientes. Mis pies se hundían en el barro viciado, hediendo cada vez que removía el fondo de los charcos. Me tambaleaba a cada salto, mis zapatillas resbalaban y el peligro de caer de bruces en aquel lodazal inmundo mantenía todos mis músculos en máxima tensión.

Dudé un instante en entrar, ya que sobre la puerta había pintado un cartel que decía algo así como: Armazem Hirmaos no sé qué Ltda. Pregunté a alguien que se estaba resguardado de la lluvia en la entrada, efectivamente era allí donde emitían los Documentos Provisionales. Al entrar en aquel antiguo almacén el ruido ensordecedor del agua de la lluvia batiendo en la chapa de zinc del techo ahogaba el griterío de los usuarios que repetían su nombre al policía para que éste buscara su Documento Provisional entre el montón de papeles que acababan de bajar del primer piso de la Dirección –tras ser firmados por Doña amargada-. La visión era terrorífica. El antiguo almacén no tenía ya falso techo y se podían ver las oxidadas planchas de zinc del alto techo en forma de V invertida. Entre los restos del falso techo y las planchas habría casi cinco metros, por lo que el usuario podía dar rienda suelta a su imaginación intentando adivinar la fauna que habitaba en aquel oscuro y vacío espacio de entre los dos niveles. Las paredes estaban revestidas por rosadas columnatas de celulosa –éstas eran de estilo jónico- y muros de carpetas que contenían cientos de Procesos. Si estos eran antiguos, nuevos o inminentes eso nadie, ni siquiera los propios funcionarios de la Dirección, lo sabe. Uno podía llevarse, amparado por la confusión reinante en el lugar, todos los Procesos que quisiera sin que nadie los echara en falta. La posibilidad de que mi Proceso fuera a parar a ese lugar me petrificó. Mi estupor duró tan sólo unos segundos, el tiempo en el que tardé en bajar mi mirada del techo al suelo, el tiempo que tardé en entender que la sombra que acababa de escapar veloz por la puerta hacia el patio no era sino una rata-gato –lo de gato era por el tamaño, pero también por lo escurridizo y ágil del bulto-, mientras, los demás usuarios se limitaban a reírse al ver mi cara de terror. No obstante, mi cara respondía más al miedo que me provocaba la posibilidad de que mi proceso acabara en el estómago de una de esas –quién sabe cuánta fauna más había allí dentro, agazapada en la selva jónica- rata-gato que al propio animal.

A empujones conseguí acercarme a la secretaria que expedía los Documentos Provisionales. Sólo eran cien Kwanzas y ya tendría el ansiado papel. La pobre trabajaba al lado de la ventana, emitiendo los Documentos medio cegata por la falta de visibilidad. No había ni una triste bombilla en todo aquel cuchitril, aunque, por otro lado, de poco hubieran servido porque tampoco había electricidad, sólo montañas de papel. El policía que repartía los Documentos tenía que leer a contraluz de la poca claridad que entraba por la ventana en un día de tormenta como aquel, los nombres de los usuarios. Cuando fue mi turno la mujer empezó a emitir mi Documento, pero algo la hizo parar. La rata-gato de nuevo, pensé. Pero desafortunadamente era algo más grave: no tenía número de Proceso asignado, así que ella no podía emitir el Documento Provisional hasta que tuviera uno. Pero, cómo podía tener yo un número de Proceso si el Comando Municipal de la Policía no me había dado ninguno y eran ellos los encargados de obtenerlo de la Dirección, una vez presentado todo el Proceso. En fin, resignado volví a cruzar tambaleándome el río de inmundicia y corriendo bajo la lluvia me dirigí de nuevo al Comando Municipal.

El Proceso tenía que ser presentado ese mismo día o corría el peligro de incurrir en una falta grave y ser arrestado en cualquier momento. En la oficina medio inundada del Comando Municipal les pedí el número de mi Proceso. Ellos no me lo podían dar, tenía que ser la Dirección. Estaba prohibido sacar el Proceso del Comando ya que eran ellos los custodios del mismo hasta presentarlo en la Dirección, pero você mesmo pode levar o expediente para a Direcção, suponho que por uma vez não haverá problema nenhum, pergunte por o senhor Damião, me dijo el burócrata. Sin dejarle repensárselo ni medio segundo cogí mi Proceso y corrí de nuevo hacia el Edificio de la Dirección. Ahora me dirigí a uno de los despachos contiguos del primer piso y, por fin, le dieron entrada a mi Proceso. En la misma mesa, otro usuario se acercó a la funcionaria y le dejó caer otro billetito verde de cien dólares. La funcionaria, asaltada en lo más profundo de su pudor sólo pudo soltar un epa, obrigado meu hirmão. Sin embargo, mi Proceso estaba siendo dado de alta en los registros de la Dirección así que no lo estaría haciendo tan mal como las circunstancias se empeñaban en intentar hacerme creer. Una vez tuve mi número de Proceso, de nuevo a la ventanilla-guillotinada anterior a preguntar por el Señor Damião. Ahí estaba él, tecleando en su máquina de escribir el destino de otros usuarios. Allí estaba yo, esperando mi destino a manos de él. El burócrata envió a uno de sus colegas a por el bloc de los Documentos Provisionales. El señor Damião no parecía querer dejar volver al usuario blanquito al agujero de la rata-gato. Iba a tener la deferencia de ahorrarle tal sufrimiento por segunda vez. Su secuaz volvió ¡cuarenta y cinco minutos después!, con el bloc. Finalmente, mi Documento Provisional fue expedido, sólo un problemilla más se presentó: el burócrata en jefe tenía muchos Documentos para firmar sobre su mesa así que vai dar uma voltinha e volta só numa hora. Buuuuuuuf, tan cerca pero tan lejos, una hora suponía correr el peligro de que cuando volviera ya estuviera cerrado, o que mi Proceso se hubiese perdido y con él mi Documento Provisional, o que el burócrata en jefe hubiese salido a almorzar o a un entierro y no volviera hasta el día siguiente, o que mi Documento Provisional simplemente se traspapelara y nunca fuera firmado teniendo que empezar todo el procedimiento de nuevo, o que tuviera que soltar una gasosa para agilizar la mano signataria. No tenía más remedio que salir a pasear. Tras una hora volví al primer piso del Edificio, comencé a ponerme nervioso, no veía al señor Damião por ningún lado, y tampoco a su colega. Un sudor frío empezaba a incomodarme cuando para mi tranquilidad apareció el colega burócrata buscando algo en el bolsillo de su pantalón militar de policía. Cuando le pregunté por mi Documento, su cara de desdén acabó de hundirme, quiere gasosa, pensé, o, simplemente va a hacer que no se acuerda de mi Proceso y a volver a empezar. Sin embargo, sacó un papelito de su bolsillo y voilà, ahí estaba mi Documento Provisorio P-13B (mi carnet de conducir provisional).

El Proceso, sin embargo, continúa allí adentro, en algún fardo en la Dirección a la espera de una resolución satisfactoria para cerrarlo para siempre. Mi Documento Definitivo D-13B (es decir, el carnet de conducir angoleño) me espera en algún lugar, ni el dónde ni el cuándo ni, lo que es más difícil de sobrellevar, el cómo son seguros. Pero esto es un comienzo.



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22 diciembre 2008

Angola... en HDR

- El patio de mi casa, es particular -


- Siempre ELLAS -


- La vida en el "mato": Casa, Tv y Taxi -


HDR: High Dynamic Range
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16 diciembre 2008

Sin ganas de escribir

- Mumuila -


- Motoristas Fantasma -


- Cementerio Marino -


- Cementerio Marino II -


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13 noviembre 2008

Asian Connection

El mejor lugar para ver el creciente papel de China en Angola es el aeropuerto Quatro de Fevereiro de Luanda, donde oleadas de chinos esperan un sello en sus pasaportes.

“Estos chinos vienen a Angola y ni siquiera entienden una palabra de lo que les preguntas”, se queja un oficial de inmigración.

Efectivamente estos recién llegados no hablan ni palabra de portugués y ni siquiera de inglés, pero tienen una buena razón para estar en el país: China ha sido uno de los principales financiadores del espectacular desarrollo de Angola desde el fin del conflicto en 2002. Por supuesto, este desarrollo basado en su casi totalidad en el petróleo.

A cambio de créditos y ayuda –estimada en un total de 4 billones de USD desde 2004- China se ha asegurado una buena tajada en la producción angoleña de petróleo de los próximos años. Angola es uno de los dos mayores productores africanos de petróleo, el otro es Nigeria. Los acuerdos alcanzados también estipulan que el, atención al dato, 70 por ciento de los proyectos de desarrollo sean adjudicados a compañías chinas. Teniendo en cuenta que el otro quince por ciento de las grandes contratas están copadas por portugueses y brasileños, pues resulta que Angola es la gallina de los huevos de oro para las grandes transnacionales.

Y es aquí donde radica el principal problema del actual modelo de desarrollo angoleño. Una de las máximas keynesianas dice que nada mejor que el Estado invierta en obras públicas e infraestructuras –y ya os podéis imaginar el trabajo que tiene por delante un país que ha estado en guerra durante tres décadas- para aumentar el empleo y el ingreso per cápita, propiciando el ahorro familiar, el consumo y por ende el crecimiento económico. Todos tenemos en la cabeza el New Deal de los años 30 o, algo más cercano, la construcción de grandes presas en los Pirineos españoles promovida por el Generalísimo en la década de los 60. Pues bien, parece que las empresas chinas prefieren importar su propia mano de obra, además de todos los inputs necesarios (desde maquinaria pesada hasta martillos y clavos). Según datos de la embajada China en Angola, hay 20.000 chinos trabajando en todo el país, aunque algunos informes arrojan una cifra de entre 40.000 y 100.000. En definitiva, parece que los angoleños se quedan fuera del mercado de trabajo.

El modelo de trabajador chino en Angola responde a un hombre, joven –de entre 20 y 35 años- con una esposa e hijos esperando allí en China, que vino buscando mejores oportunidades, que recibe un salario de entre 600 y 800 dólares y que suele permanecer en el país de entre tres a cinco años. El denominador común a estas gentes es el aislamiento. Son trasladados en autocares desde los lugares de trabajo hasta sus complejos residenciales. En la mayoría de obras los trabajos continúan durante la noche e incluso durante los fines de semana en interminables turnos. Escuelas, apartamentos, hospitales, campos de fútbol, carreteras y rascacielos son levantados en tiempo récord. Si disponen de tiempo libre la mayoría lo pasan sin salir de los complejos donde viven. El contacto con la población local es mínimo.

Una de las preocupaciones de las autoridades es la falta de campañas de prevención sobre VIH-SIDA entre los trabajadores chinos en Angola, considerando lo lejos que se encuentran de sus familias y el largo tiempo que pasan fuera de casa. Angola tiene una prevalencia del VIH del 2.5%, pero puede alcanzar el 10% en algunas zonas fronterizas. En este sentido, los trabajadores chinos pueden ser invisibles, pero siguen siendo peligrosos. Es por eso que las organizaciones de lucha contra el SIDA están empezando a incluir a este segmento de la población en sus programas de sensibilización.

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12 noviembre 2008

Lost

No sé cómo decirte, que he perdido los zapatos otra vez, rezaba la canción de Nena Daconte.

Sentado en el carro del equipaje una tras otra iban pasando las maletas frente a mis narices (totalmente taponadas, por cierto, gracias al descomunal resfriado que me llevé de recuerdo en la última noche de fiesta con los amiguetes). La cinta escupía maletas sin parar, pero no la que debía: la mía. La desesperación empezaba a adueñarse de mí a medida que me iba quedando sólo en la cinta número cinco. ¡¡Escupe la mía de una puta vez, joder!! Mis súplicas no fueron escuchadas, pero mis peores temores se hicieron realidad, ¡¡la maldita mochila se había perdido!!

Y fue entonces cuando me vi recitándole al hombre del mostrador del Lost and Found aquello de: no sé cómo decirte, que he perdido mis zapatos otra vez…y mis calzoncillos y mi pijama y mis camisas y mis latas de foie y mi maldita maleta para todo un año. Lo siento señor, no sabemos si se perdió en Múnich o está perdida aquí en Heathrow, en cuanto sepamos algo le avisaremos, de momento tome este desodorante y este kit de aseo. ¿Aseo? ¿Y quién quiere lavarse? ¡¡Yo lo que quiero son mis latas de foie y mis DVDs de la tercera e irrepetible temporada de Doctor en Alaska!!

Mi periplo había empezado el día anterior, martes. Y empezó más bien como el culo. Y es que se tiene que tener muy mala suerte para que de los cuatro vuelos hasta Lubango, ¡te falle el primero! Pues dicho y hecho, el Barcelona-Múnich se retrasó una hora y algo por culpa de la niebla y ¡zas! resultó que el maldito avión Múnich-Johannesburgo va y sale puntual. Toda la planificación milimétrica de semanas al garete. Tras haberme asegurado tres azafatas que ningún enlace corría peligro, que llegaríamos a tiempo, y correr como un energúmeno por medio aeropuerto bávaro nada más alentador que llegar al mostrador para embarcar y no ver ni a una alma. Las diez de la noche y todos los alemanes en sus casitas durmiendo puestos de cerveza hasta el culo –y doscientos pasajeros rumbo a Johannesburgo en ese mismo momento, de entre los cuales uno muy satisfecho por poder dormir estirado en un asiento libre a su lado-, y yo allí tirado diciéndole al tío de la Lufthansa que o llegaba a Namibia el jueves antes de las diez de la mañana para coger el vuelo para Angola de las doce o me buscaba plaza en un safari-exprés, porque ya no había otro hasta el domingo.

Suertudo yo, que al día siguiente podía volar bien tempranito de Múnich a Londres-Heathrow para coger un vuelo a la noche directo a Namibia llegando según lo previsto para el vuelo a Angola. Único inconveniente, tener que cambiar al aeropuerto de Gattwick. Bien, no hay problema, me pillo el tren con mi mochilita y listo. Deme mi habitación para esta noche que no ha sido nada. ¿El señor querrá su maleta ahora o la facturamos directamente para Londres y usted la recoge allí? Bien, mañana la recojo en Londres, mejor.

Pues bien, cuatro días después la mochila va y aparece en Johannesburgo, y una semana después, a día de hoy, aun no ha llegado a Angola. Parece que mis latas de foie quieren ver mundo y no quieren regresar a casa. Pero que se preparen, porque tarde o temprano llegarán y cuando lo hagan no habrá pan duro que las salve de su destino fatal.

Afortunadamente, justo llegar de nuevo a Lubango puse en marcha los mecanismos de la cooperación internacional. No en vano, a las cinco horas ya contaba con cuatro camisetas, un pijama y dos pantalones: el kit de supervivencia, vamos. Y a las doce horas ya con un kit ampliado gracias a la omnipresencia de los comerciantes asiáticos: ¡¡viva los chinos!! Así que al encontrarme ya con mis necesidades básicas cubiertas nada mejor que una sesión de diez horas de la tercera temporada de Lost, sí señor, trece capítulos uno detrás de otro, sin anestesia ni nada, con el único avituallamiento que unos cuencos de palomitas y a la espera de empezar con la cuarta temporada -aun sin desprecintar- que me mira desde la estantería. Hay que aprovechar las casi veinte horas de energía diarias que tenemos ahora. Que dure.

Y así empezamos hoy, tras un puente de cuatro días de fiesta aquí en Angola, a buscar la forma de llevar un dinerito a casa, que no sólo de grandes series vive el hombre. El dinero vuela aquí y uno no sabe ni cómo ni por qué agujero se escapa. Y es por eso mismo que me he visto obligado a convertirme en una prostituta de la cooperación: me alquilo por días, por horas, por proyectos, por lo que haga falta. De momento, vamos a disfrutar estos días de relativa calma en la ciudad, que la semana que viene me toca el primer “servicio”: fotógrafo de postín para dar fe de una actividad de delimitación de tierras en una comunidad cercana a Lubango.

Nota mental: tengo que saber por qué Angola y Mozambique son los dos únicos países del mundo donde las cerraduras funcionan en el sentido contrario y las manetas de las puertas abren del contrario; debo intentar comprender la arquitectura portuguesa; analizar cómo unos colonizadores así de chapuceros pudieron tener semejante imperio.

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23 octubre 2008

Allá vamos, de nuevo

A mi espalda gritaban más y más, a medida que se sentían ya parte del pasado, tanto más yo los arrinconaba en mi bolsa de viaje. Ya esos casi tres meses en mi querida Barcelona dejaban paso a la segunda parte de la historia inacabada. Allá íbamos de nuevo, visado de turista en mano y preparado para llamar a todas las puertas en busca de un trabajo.

Noches de fiesta de barrio, conversaciones magníficas al temple del ron y menos grancilocuentes al arrullo del Mediterraneo resacoso de agosto. Reencencuentros con gentes, lugares y sensaciones renovadas al instante de ser revividas. Interminables jornadas de amigotes, Play Station, cerveza, risas y especias varias. Hay que sacarle partido a las 24 horas de luz antes de volver a la incertidumbre del generador y a la dictadura de las baterias de litio.

Con la panza atiborrada de suave foie, vinito bueno, tapitas de boquerones y tablas de quesos aumentamos las reservas para sobrevivir al letargo del invierno angoleño. Las caminatas de madrugada por calles desiertas, de lado a lado, dejarán paso al recogimiento a horas más que razonables.


Empaqueto a conciencia todas esas pequeñas maravillas de mi tierra y de mi gente para redoblar el empuje durante los siguientes meses. Las vacaciones acabaron y yo aun tengo en el armario regalos por repartir. El tiempo voló, se escurrió entre los dedos, pero ni un minuto fue desaprovechado. Veneramos al gran Adriano a los pies de su gran arco en Atenas; le agradecimos su culto a los clásicos y recorrimos la tierra de Heródoto durante unos días.

Ahora toca hacerle un hueco en la maleta a nuestros guías, para que nos muestren el camino cuando estemos de nuevo en los dominios del Rey Negro, en la tierra del caos y el desorden. En tiempos de crisis -¿económica, social, política, moral?- para el occidente supuestamente desarrollado, qué mejor receta que dirigirse hacia el país de la eterna crisis -económica, política y social- para relativizar las cosas. Se espera un cambio, dicen, en el modelo capitalista, pero esperémoslo allende nuestras fronteras, allá donde se expolia al prójimo, allí de donde proviene la riqueza saqueada, donde reina el individualismo más voraz.

Civilization belongs to white, but, which civilization and until when?
William Walker en Queimada
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09 agosto 2008

Fin de la primera parte



Um homem morre e vai para o inferno. Ao chegar lá, ele descobre que há um inferno diferente para cada país e ele decide tentar o menos penoso para passar a sua eternidade.

Ele vai ao inferno alemão e pergunta: O que fazem aqui?

Disseram-lhe:Primeiro põe-te numa cadeira eléctrica por uma hora. Depois põe-te numa cama de pregos por mais uma hora. Por fim o diabo alemão vem com um chicote e chicoteia-te até anoite.

O homem não gosta do que ouve e vai tentar a sua sorte num outro inferno. Ele passa pelo inferno dos EUA, da Russia e muitos mais. Todos eles praticam o mesmo que o inferno Alemão. Mas o que fazer então? Ele continua a andar até que descobre uma grande fila no inferno de Angola. Muito intrigado, ele pergunta o que fazem nesse inferno. Ao que lhe Respondem: Primeiro põe-te numa cadeira eléctrica por uma hora. Depois põe-te numa cama de pregos por mais uma hora. Por fim o diabo Angolano vem com um chicote e chicoteia-te até a noite.

Ai, mais admirado ainda, o homem pergunta: Mas é exactamente o mesmo tratamento que fazem nos outros infernos. Porque razão então a fila aqui é tao grande?

Resposta: 'Porque aqui nunca há electricidade, portanto a cadeira eléctrica não funciona. Os pregos foram encomendados e pagos, mas nunca foram fornecidos, portanto a cama é muito confortável. E o diabo angolano é trabalhador da função pública, por isso vem assina o ponto e depois sai para tratar de assuntos pessoais, portanto nunca está presente para chicotear os mortos...

Hasta pronto familia...
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